lunes, 31 de diciembre de 2012

BUSCANDO CLÍNICA PARA EL ZAMBO MONTERO (1965)

En momentos que unos 60 integrantes de la Juventud Demócrata Cristiana habíamos iniciado una marcha de protesta frente al exclusivo Club Nacional, cuando se había iniciado el “Baile de Debutantes”, el 3 de julio de 1965, estalló atronadoramente un petardo en un oscuro pasadizo al lado del club, la guardia de asalto arremetió contra los manifestantes principalmente contra los que íbamos adelante, en un intento por disolver rápidamente la marcha y, sobre todo, acallar el bombo cuyo sonido no dejaba de escucharse (Ver crónica “El baile de debutantes” del 27 de noviembre de 2012).

En primera fila, junto al bombo que tocaba Guillermo Miranda, se distinguía a Luis Montero Carrillo, quien poco antes había sido candidato a la presidencia de la federación de estudiantes de San Marcos por el FESC, Frente Estudiantil Social Cristiano que la JDC impulsaba. Montero, al igual que muchos de nosotros recibió los varazos de la policía pero con tan mala suerte que uno le impactó en la cara.

“HIRIERON A MONTERO DENEGRI"

Algún estudiante sanmarquino que por ahí pasaba comentó alarmado “Hirieron a Montero Denegri”. La explicación resultaba simple. En la campaña electoral en que Montero había participado, su candidato a la vicepresidencia era un estudiante de Veterinaria llamado Edmundo Denegri. Y “MONTERO-DENEGRI” eran las palabras que estaban escritas en los volantes que se repartieron y en las pintas que se hicieron…

Lucho Montero era más conocido como el “Zambo Montero”. Tenía una personalidad muy especial. De hablar a veces alambicado, en muchas ocasiones se burlaba de la simpleza de algunos camaradas, planteándoles con la mayor seriedad tesis realmente absurdas con palabras aparentemente eruditas. Aun cuando participó en muchas de las giras electorales en la campaña presidencial DC de 1962, para muchos era considerado de personalidad demasiada complicada por lo que nunca alcanzó cargos dirigentes en la JDC. Sin embargo, por su cuenta primero y el apoyo de muchos jóvenes DC después, se dedicó desde fines de 1963 a promover un especie de “semillero” para la Democracia Cristiana: la Asociación Ricardo Palma de Estudiantes Secundarios, ARPES, labor política que si bien se desarrolló por no más de 3 ó 4 años, fue un importantísimo aporte para ampliar la militancia partidaria, principalmente fuera de Lima.

Volvamos a la Plaza San Martín. Luego del golpe a Lucho Montero, se produjo su rápido traslado en taxi a la Asistencia Pública de la avenida Grau -equivalente en ese momento al Hospital de Emergencia actual- donde el médico que lo atendió indicó que se le habían roto los huesos propios de la nariz. Felizmente no había que operar, le hicieron una curación cuidadosa aunque rápida, dejándole un enorme parche. Además le dieron pastillas para el dolor y la inflamación y le recomendaron que de todas maneras descansara unos días. Inmediatamente terminada la curación, el “Zambo Montero” se dirigió a un departamento que tenía en un edificio en la esquina de Av. Petit Thouars con la Av. Alejandro Tirado.

Paralelamente los manifestantes se habían reencontrado en el local de la DC. Varios preguntaban por el Zambo y me parece que Augusto Velezmoro, que en esa época compartía por unas semanas el departamento con él, indicó que se encontraba en una clínica. Le pidieron que averiguara en qué clínica estaba internado y se organizó una visita para el día siguiente, domingo, en la tarde, creo que a las cinco de la tarde.

Uno de los más preocupados era el diputado Alfredo García Llosa enterado por la radio de la marcha y que acudió al local a solidarizarse con la JDC y averiguar si había detenidos para gestionar su libertad. Se le aclaró que no se conocía de ninguna detención, ya que no teníamos por qué saber que unos días después cuatro seríamos detenidos (Ver crónica “Bombo o bomba” del 15 de diciembre).

Justamente para ese día domingo estaba prevista al final de la mañana una sesión extraordinaria del Comité Ejecutivo Nacional pedida por la dirigencia del Comité Ejecutivo Departamental de Junín, que se trasladó en la madrugada desde Huancayo para hacer una evaluación de la situación del departamento debido a la aparición de uno de los frentes guerrilleros del MIR –liderado por Guillermo Lobatón- en la provincia de Satipo. La preocupación de los dirigentes DC de la zona era por la posibilidad de desestabilización que podría sufrir del régimen de Belaunde.

Más de uno de los dirigentes me miró inicialmente con alguna desconfianza, dado que ellos habían llegado a Lima preocupados por la violencia y se encontraban con que uno de los miembros del CEN del partido había participado en una marcha en que había estallado un petardo. Alfredo García Llosa aclaró que en la noche anterior había conversado con la mayoría de los manifestantes, por lo aseguraba que en lo del petardo no hubo responsabilidad de ningún democristiano.

“NO PUEDEN VENIR ACÁ, ESPERAN VERME INTERNADO…”

Terminada la reunión, como a las dos de la tarde, fui a encontrarme con Montero que estaba descansando en su departamento. Con las pastillas recetadas la noche anterior no tenía mayor dolor. Habían otras dos o tres personas ahí y aunque inicialmente vimos que lo mejor era que los camaradas que deseaban visitarlo fueran al departamento, el Zambo sostuvo que la gente esperaba verlo internado y por lo tanto en una clínica tendrían que visitarlo.

Es que Lucho Montero era consciente que la visita era de alguna manera una reivindicación partidaria, ya que muchos de los que estaban dispuestos a visitarlo eran parte de quienes no le tenían ninguna simpatía ni consideración por su difícil carácter o por sus continuas burlas. De allí que insistió: hay que buscar una clínica…

En el Paseo Colón, a una cuadra de la Plaza Bolognesi, acondicionada en una antigua casona había una clínica sin mayor renombre. Se decía que había sido fundada pocos años antes por una sociedad anónima constituida por testaferros de una autoridad política, creo que un exprefecto, que en medio de un juicio donde estaba seguro que iba a ser condenado, buscó tener preparada su propia “prisión dorada”. Se decía que, mientras se pagara el valor de la habitación, no hacían problemas para internar a algún paciente.

A esa clínica llegamos con Lucho Montero. No llevaba ni una muda de ropa porque pensaba dejar la clínica muy pocas horas después. Se registró sin problemas, aunque pagando por adelantado. Aunque lucía tranquilo, era evidente que estaba golpeado no sólo por el parche sino por el enorme hematoma que tenía alrededor de la nariz y que le llegaba hasta cerca de los ojos. Le pidieron el nombre de su médico y dio el del novio de su hermana Meche, Alberto Péndola, quien por cierto no era traumatólogo sino psiquiatra.

Aunque los dos o tres que lo acompañábamos quisimos aprovechar ese momento para averiguar la edad del Zambo, así como la noche anterior otros pretendieron hacerlo en la Asistencia Pública, él se dio maña para no decirla o para que no la escuchemos. La edad de Lucho Montero fue siempre un misterio que nadie logró develar. Ni siquiera sus hermanos de padre, con quienes se había criado, tenían certeza de su edad. Ese año 1965 todos estábamos seguros que tenía más de 30, pero muchos nos preguntábamos si tenía 31, 33, 35 o más.

PÁSAME TU CAMISA QUE PARECE PIJAMA

Después de registrarse, le asignaron su habitación y cuando me disponía a ir al local partidario, situado a un par de cuadras, Lucho se fijó en su camisa y en la mía que era rayada. “Cambiemos de camisa, que la tuya puede parecer pijama”, me dijo.

Unos veinte minutos después regresé acompañado de unos 20 camaradas que quedaron impresionados no sólo por los moretones sino por la expresión de la cara del Zambo. Después de unas breves palabras de reconocimiento a Montero por haber resistido a la policía y el agradecimiento de éste por la preocupación por su salud, los visitantes se retiraron. Los acompañé hasta la puerta de la clínica y al volver a la habitación le dije que su expresión frente a los visitantes parecía realmente de intenso dolor. “Es que me duele cuando pasa el efecto de las pastillas para el dolor”, me explicó.

Volvimos a intercambiar camisas y cuando tratamos de dejar la habitación alrededor de las siete de la noche, una veterana enfermera que aparentemente iniciaba su turno dijo que el “paciente” no podía salir mientras su médico no lo autorizara. Primero pensamos que se trataba de una broma, pero la señora se mostró inflexible: esas son las reglas y no hay forma que yo las quiebre, nos dijo en tono que no admitía discusión.

Nos costó un par de horas encontrar a Alberto y no poco tiempo tratar de que accediera a firmar el alta de su futuro cuñado. Al final, fue otro médico amigo quien se prestó a firmar el documento que señalaba que no habría ningún peligro si Lucho continuaba su recuperación en casa, tal como se lo habían señalado ya la noche anterior en la Asistencia Pública.

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