Hace 65 años disparé por primera vez un arma y hubo decenas que me vieron. Hace 35 años colaboré en la desaparición de un arma y no hubo nadie que se diera cuenta…
Era
un día algo frío de mediados del año 1988. Alrededor de las seis de la tarde
llegué al local del Partido Socialista Revolucionario, PSR, frente a la zona
sur del Parque de la Reserva. Antes de apagar mi auto miré al compañero sentado
en el lugar del copiloto quién, después de mirar cuidadosamente a todos los
lados, levantó el maletín que estaba en el piso y me lo entregó con una sonrisa
nerviosa.
EN DOS HORAS DOBLAMOS NUESTRO ARMAMENTO
Bajamos,
me acompañó hasta la oficina de la secretaría general y noté que por fin el
joven respiraba tranquilo. Como se encontraba en el local el dirigente encargado
de guardar el armamento del partido, abrí el maletín, le mostré el contenido y le
dije con sorna: “esto también queda a tu cargo, en un par de
horas hemos duplicado el armamento del partido”.
A las
cuatro de la tarde había llegado al local de Izquierda Unida, IU, en la segunda
cuadra de la avenida Grau. Era secretario general del PSR y por tanto miembro
titular del comité directivo nacional de IU y tenía una corta reunión de coordinación.
Al terminar de subir las escaleras, se me acercó un compañero y me hizo una
seña indicando que iba a estar en el amplio salón que daba a la calle por si necesitaba
que hiciera alguna tarea. Era un joven estudiante que iba a servir de apoyo por
si se necesitaba trasmitir algún encargo desde un teléfono público o sacar algunas
fotocopias. Tareas menores para jóvenes que entregaban varias horas a su partido,
pero que además aprovechaban para hablar de las posiciones partidarias con sus
dirigentes. En esos momentos retrocedí casi tres décadas y me vi a los 16 años
conversando con Javier Correa Elías semanas después de inscribirme en el
Partido Demócrata Cristiano (Ver crónica "Mis primeros años en política" del 21 de febrero de 2019).
En
el salón adonde ingresó mi compañero se encontraba un miembro de la seguridad
de otro partido que lo miró con arrogancia, mientras que me veía a mí con cierta
conmiseración ya que estaba seguro de que ese joven no podría protegerme.
Aunque
algunos de los integrantes del CDN - IU solían llegar acompañados de uno o dos integrantes
de su seguridad, yo no lo hice en ningún momento desde que se fundara IU ocho
años antes. Sólo en movilizaciones en que era necesario desplazarse entre mucha
gente me acompañaban algunos compañeros que eran una seguridad amateur. A
la seguridad de otros partidos sí se le podía llamar profesional.
NUESTRO EXIGUO
ARMAMENTO
Poco
después de iniciadas las tareas de la Asamblea Constituyente, en agosto de
1978, y después que prácticamente se desligara todo el equipo de seguridad del
partido, tanto el general Leonidas Rodríguez, presidente del partido como
Antonio Meza Cuadra, secretario general, habían organizado un pequeño pero
eficiente equipo de seguridad a cargo de “Nicolás Sánchez”, de cuya capacidad
he hablado en otras oportunidades (Ver crónica “Culmina sacrificada huelga magisterial” del 19 de junio de 2015). Pero desde abril o mayo de 1982 ese equipo también se desvinculó del
partido… En el primer equipo todos tenían armas para su defensa personal,
mientras que en el segundo quizás los siete u ocho integrantes compartían tres
o cuatro armas.
Desde inicios de 1982, en
los contados casos que había que demostrar que un dirigente estaba protegido,
el partido tenía a su disposición… un revólver. El arma era calibre 32 y había pertenecido
más de veinte años atrás al padre de uno de los dirigentes. Las veces que era
necesario que algún militante lo portara, el responsable de custodiar el arma le
advertía que no debía disparar salvo que hubiese necesidad apremiante y que no debía
hacer tiros al aire… para no gastar balas.
No puedo afirmar cuántas fueron las armas que militantes del PSR
portaban en momentos tensos -como cuando las marchas en que participábamos eran
amenazadas por Sendero Luminoso- considerando que algunos compañeros poseían sus propias armas. Sin embargo,
no creo que hayan sido muchas. Los que sí caminaban con armas porque era normal
para ellos eran los generales Leonidas Rodríguez, presidente del partido, y
Jorge Fernández Maldonado, uno de los senadores del PSR. Pero el partido sólo tenía
un arma a disposición. Sin embargo, en movilizaciones los encargados de seguridad
sabían siempre poner cara y pecho para hacerse respetar
UN HALLAZGO POCO COMÚN
Volvamos
a esa tarde de julio o agosto del 88. Como se había quedado en una reunión
corta, varios dirigentes estaban apurados e incluso uno ya había abandonado la
habitación donde nos reuníamos aludiendo que tenía que estar en el parlamento.
Cuando faltaba poco para terminar la reunión, se entreabrió la puerta y mi
compañero me hizo una seña mostrando cara de preocupación por lo que avisé que
me retiraba unos instantes y salí a ver de qué se trataba. El joven me hizo gestos
para que lo acompañara mientras miraba a todos lados. En silencio señaló en el
fondo de un sillón un revólver envuelto en una cartuchera de cuero muy delgado.
Y en voz apenas audible me preguntó ¿qué hacemos? Demoré pocos segundos en reaccionar.
Como su dueño no regresará, nos lo llevamos, le dije.
Siéntate
al lado ocultando el revólver para que si alguien entra no lo vea, indiqué y
añadí que en pocos minutos terminaría mi reunión y nos iríamos. ¿Y si regresa? me
preguntó muy preocupado. Dejas que levante su arma y te muestras sorprendido…,
le dije, pero remarqué “No te preocupes, te aseguro que no regresará por lo
menos en unos tres cuartos de hora, si es que regresa…”.
Cuando
salí de mi reunión unos diez minutos después sólo se encontraba en el salón el
joven compañero. Me acerqué y abrí mi maletín frente a él y le hice una seña
para que guardara el revólver. Salimos de local de IU, avanzamos unos cien metros
hasta donde estaba estacionado mi Volkswagen y subimos. Le pasé el maletín, lo
puso en el suelo del auto y nos encaminamos al local partidario a unas 15
cuadras de distancia. Traté de conversar en el trayecto, pero mi acompañante permanecía
callado y se ponía muy nervioso cuando parábamos en los semáforos. Era evidente
que quería llegar al local lo más rápido posible. Cuando llegamos a nuestro local,
mi acompañante respiró aliviado.
HABÍA RAZONES PARA ESTAR TRANQUILOS
Como quedó dicho en párrafos
anteriores, mostré al dirigente que custodiaba la única arma partidaria el
maletín que bajamos del auto, ya abierto completamente, y le dije en tono
burlón que desde ese día duplicaría su responsabilidad ya que tendría a su cargo
dos revólveres en lugar de uno… Le conté lo ocurrido en el local de IU y el
joven estudiante añadió algunos detalles y dijo que mientras me esperaba sentado
al costado del arma lo tranquilizó que le asegurara que su propietario no
regresaría al local de IU para recogerlo.
Trato hoy de acordarme de mi racionamiento al final de esa tarde, que
justificaban mi seguridad en que quien perdió el arma no regresaría demasiado pronto.
Conociendo la disciplina casi militar de ese equipo de seguridad, era muy
difícil que cuando se dirigiera al parlamento acompañando a su dirigente se detuviera
y le dijera que tenía que regresar al local de IU porque se había olvidado de
su arma. Era arriesgarse a una sanción partidaria de todas maneras. Incluso era
muy probable que tuviera otra arma consigo para cumplir con eficiencia su
encargo de proteger al dirigente. Por tanto, sólo después de haberlo llevado a su
punto de destino podría encontrar alguien que lo reemplace para ir en búsqueda
del arma perdida al local de IU.
El problema era que si regresaba llegaría pasadas las 6 de la tarde, en
momentos en que habría comenzaba la afluencia de militantes y el salón estaría lleno
de gente. Por tanto, me atreví a pensar que incluso no iría al local, dando por
perdido el revólver porque tampoco era posible ponerse a buscar entre sillones
en presencia de distintos dirigentes medios o incluso de base que a esa hora
repletarían el local central. Peor aún al no encontrarlo, era absurdo preguntar
en voz alta si alguien había hallado un revólver perdido.
No me equivoqué. Ni en esos días ni en los siguientes meses hubo nada
que hiciera pensar que había alguna sospecha sobre intervención del PSR en la
desaparición del arma. Me imagino incluso que quien la perdió no lo informó y
la repuso, por lo que nadie de su partido se enteró del asunto. Como lo había remarcado
el día que nos hicimos del revólver: no hubo ningún testigo.
ESTÁBAMOS EN
VÍSPERA DE RUPTURA
Aunque en esa época las discrepancias internas en Izquierda Unida se
mantenían, se sabía que Alfonso Barrantes, ex alcalde de Lima y ex presidente
de IU, en diferentes sondeos era considerado como el aspirante a la presidencia
de la república con mayores posibilidades de triunfar en 1990. Estaba claro
para varios dirigentes de partidos de IU que era muy improbable tener unidad
para gobernar. Incluso meses antes, el propio Barrantes me había manifestado su
temor a llegar al gobierno teniendo al “ultra izquierdismo” dentro de las filas de IU (Ver crónica “Con Barrantes en Moscú” del 20 de enero
de 2017).
Hay que considerar que cinco o seis meses después, en enero de 1989, durante
el Primer Congreso Nacional de IU, mientras los integrantes de un amplio sector
pensábamos que IU estaba en condiciones de ganar las elecciones generales y
gobernar democráticamente, otros mantenían como posición central que había que
asegurar el poder por lo que no descartaban el uso de la fuerza. Como he
señalado en otras oportunidades, las diferencias culminaron con la ruptura de
IU y la posterior formación de Izquierda Socialista con la candidatura
presidencial de Barrantes (Ver crónica “Cuando la unidad no fue posible” del 29 de enero de 2019).
Regresemos una vez más a
julio o agosto de 1988, mientras conversábamos en la oficina le dije a mis interlocutores que la desaparición de ese
revólver era un secreto, que no debían comentarlo a nadie. Lo conversé una vez,
pero con el dirigente que había quedado a cargo del arma. Fue justamente en el congreso
de IU cuando vimos al compañero que perdió su revólver gritando a todo pulmón
consignas ultra radicales. Espero que no le encarguen a ese compañerito la
custodia de ningún arsenal, nos dijimos.
ARMA QUE NO COMPRÉ Y ARMA QUE DISPARÉ
Para las elecciones de 1990 ante la violencia generalizada,
el gobierno asignó un par de policías para todos los candidatos al parlamento y
ofreció facilidades para vender armas y municiones para defensa personal (Ver crónica "Elecciones: cercados por el terror" del 22 de febrero de 2018). Como era una decisión personal, no me
preocupé en saber cuántos de los candidatos de Izquierda Socialista habían
aprovechado de esa facilidad de compra. En todo caso creo que prácticamente
ninguno del PSR lo hizo. Yo ni siquiera me plantee la posibilidad. Como he dicho
en otras oportunidades, un arma es de defensa personal si quien la empuña tiene
la certeza que disparará a quien lo ataque y yo nunca tuve seguridad que lo
pudiera hacer, por lo que resultaría más bien un incentivo para que el agresor
sea más violento y en vez de recibir un golpe recibiera un balazo.
Mi primera experiencia disparando ocurrió en 1958 en
el antiguo Polígono Muñiz, instalación del Ejército en el distrito
del Rímac. Disparé un fusil Mauser antiguo, conocido como MOP -modelo oficial
peruano- como practica obligatoria del curso de Instrucción Pre Militar de
todos los alumnos del último año de secundaria. De cómo el fuerte golpe a mi
hombro me hizo retroceder, fueron testigos buena cantidad de los cien escolares
que habían acudido a la instalación militar hoy conocida como Fuerte Rímac.
Hace 65 años, cuando utilicé el viejo fusil, fue
la primera ocasión en que disparé un arma y… también la última.
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