Tal como he contado en otra oportunidad los primeros recuerdos de mi vida son de niño en la segunda cuadra del jirón Virú en el Rímac. Allí llegamos a mediados de los años 40, calculo que en 1945 o 1946 cuando yo tenía 3 o 4 años (Ver crónica “Cambié de casa en octubre de 1948” del 27 de noviembre de 2012). La casa era en segundo piso y con tres ventanas a la calle. Mirando desde allí comencé a conocer mi ciudad.
Casi frente a mi casa había un pasaje por donde prácticamente
no circulaban autos y por el cual alguna tarde acompañé a mi madre a comprar
carne para preparar algún guiso para la comida de esa noche. Es que vivíamos a
unos 150 metros del mercado Baratillo. Y no se guardaba carne en la
refrigeradora… porque no teníamos una. Recién en 1952 mis padres comprarían un
“frigider”, que era como se les llamaba a las refrigeradoras porque las
primeras que llegaron al Perú eran de marca Frigidaire.
CHISPAS
FRENTE A MI VENTANA
Mirando desde una de las
ventanas de mi casa una noche me sorprendió distinguir a mi izquierda chispas
en la calle y logré ver que en el inicio del pasaje -que años después supe que
se llamaba Catacaos- estaba instalada una carretilla de madera con un brasero que
era de donde salían las chispas. Esa mañana y al mediodía no había visto
ninguna carretilla. Una señora bastante mayor -que hoy calculo no llegaba ni a
los 50 años- agitaba algo sobre el bracero para mantenerlo encendido. Mientras
tanto algunos transeúntes permanecían un rato parados a su alrededor y se
retiraban comiendo algo que sacaban con los dientes de unos palitos que la
señora les entregaba.
Preguntando a mi madre, me enteré que esa señora era
una anticuchera, una mujer que preparaba anticuchos. Me imagino que ese nombre
me pareció extrañísimo y me dijo que era un tipo de comida muy apreciada,
aunque supongo que no recibí detalles sobre su preparación y que no me dijo que
era de corazón de res. Después de unos días de observación pude comprobar que
la anticuchera llegaba más o menos a las cinco de la tarde y tuve que suponer
que se retiraba pasadas las ocho y media de la noche, hora en que yo me acostaba.
Semanas después a las siete de la noche, al salir
con mi padre a la bodega de la esquina, comprobé extrañado que unos treinta metros
más allá en la vereda del frente y hacia la derecha había otro brasero que
lanzaba chispas. No se trataba de una carretilla sino de una mesa instalada entre
la vereda y la entrada de una casa. Al notar mi extrañeza, mi padre me dijo que
no era anticuchera sino picaronera. Y al igual que media cuadra antes, había
clientes que esperaban que los dulces estuvieran listos para servirse. Pero a
diferencia de los anticuchos, los picarones los comían parados para evitar ir
botando la miel.
No recuerdo si regresamos a la casa con lo que
habíamos salido a comprar. Sí que llegamos con una porción de picarones…
“EL CHINO DE LA ESQUINA”
La bodega a la que habíamos ido no la llamábamos
así, era “el chino” o “el chino de la esquina” como se conocían todas las
bodegas de la ciudad de Lima por esa época. La mayoría de las bodegas en las
que comprábamos eran propiedad de migrantes chinos y en algunos casos de sus
descendientes. Prácticamente monopolizaban la venta al por menor de productos
para la alimentación y el aseo de los limeños.
Recuerdo que si uno compraba cuatro o cinco
productos, al momento de recibir el vuelto pedía o reclamaba al “chino” su
“yapa” o pequeñísima recompensa que solía ser dos o tres caramelos. La palabra “yapa”
proviene del quechua “ñapa” que significa ayudar,
aumentar o añadir. Los caramelos estaban en tres o cuatro grandes frascos de
vidrio numerados para identificarlos rápidamente. No estaban envueltos en
celofán y, aunque había pequeñas paletas para despegarlos y sacarlos, muchas
veces los dependientes utilizaban sólo sus manos para entregarlos.
EL
PUENTE DE PALO
Volvamos
a los braseros. Por
poco tiempo pensé que sólo trabajaban en las noches, pero poco después tuve
ocasión de verlos de día. Fue en una ocasión en el Malecón Rímac al inicio de un puente de madera que unía el Rímac
con el cercado de Lima y por el cual cruzaría acompañando a mi padre al colegio
Santo Tomás de Aquino donde había sido profesor por horas.
Como había dos carretillas cerca del llamado Puente de Palo, al pasar cerca pude darme cuenta que los
braseros funcionaban con
carbón, al igual que en la cocina de mi casa en el jirón Virú en que no se
usaba cocina a querosene a diferencia de alguna casa vecina. Las señoras a
cargo de los braseros de esas carretillas vendían habas sancochadas y choncholíes que se servían en pancas de choclo.
Sería el año 1947 o 1948 y no podía imaginarme que
seis o siete años después, yo usaría ese mismo puente acompañado de mis tres
hermanas menores cuando los domingos regresábamos de oír misa en la Iglesia de
Santo Domingo (ver crónica “El Puente de Palo” del 1ª de noviembre de 2012).
BURRO Y TRANVÍA POR LA MISMA VÍA
Como ya también he relatado, por las mañanas pasaba por la puerta de mi casa el lechero
llevando con una soga a su burro que cargaba un par de porongos -o quizás
cuatro- con leche (Ver crónica
"Recuerdos bajopontinos” del 24 de marzo de 2014).
La presencia del borrico contrastaba
con el paso de los tranvías justamente por el mismo jirón. Se trataba de la
línea 2 que partía de la cuarta o quinta cuadra de la avenida Francisco Pizarro
y después de cruzar el centro de Lima llegaba hasta Pueblo Libre. Cuando en
esos años íbamos caminando hacia el jirón Trujillo me llamaba la atención que
en la primera cuadra del jirón Virú, poco antes de voltear en la esquina, el
tranvía cruzara de derecha a izquierda. A mis cuatro o cinco años me resultaba
medio absurda esa maniobra. Muy poco tiempo después comprendí que si el tranvía
no se “abría” resultaba imposible que pudiese voltear.
En esos años utilizaba ese tranvía
urbano, acompañado de mis padres por cierto. Recuerdo particularmente cuando
después de cruzar el puente y terminar la calle del jirón de la Unión al
costado de palacio de gobierno, el tranvía volteaba y mostraba la plaza de
armas. El enorme recinto con la catedral frente a la municipalidad y entre
ambas edificaciones el amplísimo patio del palacio de gobierno constituía algo
imponente para el niño de 5 o 6 años que yo era entonces.
Durante los tres o cuatro veranos que pasamos en esa casa, durante enero y febrero nos trasladamos a Miraflores para poder estar cerca de las playas. Allí "acampábamos" en el local del colegio de una de las hermanas de mi padre, desocupado en esos dos meses. Cuando queríamos recoger algo de nuestra casa utilizábamos los tranvías interurbanos que viniendo desde Chorrillos o Barranco se dirigían hacia el centro de Lima y desde allí nos íbamos al Rímac en el tranvía urbano, tanto el número 1 o el 2.
A la casa del
jirón Virú, llegamos con mi hermana Hilda, 20 meses menor que yo, y de allí nos
mudamos cuando ya había nacido en 1947 mi hermana Silvia. Ya vivíamos en jirón Marañón
cuando en 1950 nació Vilma, la última de mis hermanas. Pasé horas en la casa de
las hermanas de mi padre para uno de esos nacimientos y estuve días en esa
misma casa para el otro (ver crónica “La casa de las tías: refugio de los Filomeno” del 20 de abril de 2013).
Más de 75 años después, mis
recuerdos de esa época están relacionados con el calor familiar, con la casa en
que viví hasta octubre de 1948, con las chispas que saltaban de braseros de
distintas cocineras ambulantes, con un precario puente de madera y con la
fricción de las ruedas metálicas de los tranvías sobre los rieles tendidos en
las calles de Lima. Y todo eso teniendo como telón de fondo a la que considero la
plaza más bella de Latinoamérica.
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