domingo, 30 de marzo de 2025

RECUERDOS DE MIS PRIMEROS AÑOS (1946-1948)

Tal como he contado en otra oportunidad los primeros recuerdos de mi vida son de niño en la segunda cuadra del jirón Virú en el Rímac. Allí llegamos a mediados de los años 40, calculo que en 1945 o 1946 cuando yo tenía 3 o 4 años (Ver crónica “Cambié de casa en octubre de 1948” del 27 de noviembre de 2012). La casa era en segundo piso y con tres ventanas a la calle. Mirando desde allí comencé a conocer mi ciudad. 

Casi frente a mi casa había un pasaje por donde prácticamente no circulaban autos y por el cual alguna tarde acompañé a mi madre a comprar carne para preparar algún guiso para la comida de esa noche. Es que vivíamos a unos 150 metros del mercado Baratillo. Y no se guardaba carne en la refrigeradora… porque no teníamos una. Recién en 1952 mis padres comprarían un “frigider”, que era como se les llamaba a las refrigeradoras porque las primeras que llegaron al Perú eran de marca Frigidaire.

CHISPAS FRENTE A MI VENTANA

Mirando desde una de las ventanas de mi casa una noche me sorprendió distinguir a mi izquierda chispas en la calle y logré ver que en el inicio del pasaje -que años después supe que se llamaba Catacaos- estaba instalada una carretilla de madera con un brasero que era de donde salían las chispas. Esa mañana y al mediodía no había visto ninguna carretilla. Una señora bastante mayor -que hoy calculo no llegaba ni a los 50 años- agitaba algo sobre el bracero para mantenerlo encendido. Mientras tanto algunos transeúntes permanecían un rato parados a su alrededor y se retiraban comiendo algo que sacaban con los dientes de unos palitos que la señora les entregaba.

Preguntando a mi madre, me enteré que esa señora era una anticuchera, una mujer que preparaba anticuchos. Me imagino que ese nombre me pareció extrañísimo y me dijo que era un tipo de comida muy apreciada, aunque supongo que no recibí detalles sobre su preparación y que no me dijo que era de corazón de res. Después de unos días de observación pude comprobar que la anticuchera llegaba más o menos a las cinco de la tarde y tuve que suponer que se retiraba pasadas las ocho y media de la noche, hora en que yo me acostaba.

Semanas después a las siete de la noche, al salir con mi padre a la bodega de la esquina, comprobé extrañado que unos treinta metros más allá en la vereda del frente y hacia la derecha había otro brasero que lanzaba chispas. No se trataba de una carretilla sino de una mesa instalada entre la vereda y la entrada de una casa. Al notar mi extrañeza, mi padre me dijo que no era anticuchera sino picaronera. Y al igual que media cuadra antes, había clientes que esperaban que los dulces estuvieran listos para servirse. Pero a diferencia de los anticuchos, los picarones los comían parados para evitar ir botando la miel.

No recuerdo si regresamos a la casa con lo que habíamos salido a comprar. Sí que llegamos con una porción de picarones…

“EL CHINO DE LA ESQUINA”

La bodega a la que habíamos ido no la llamábamos así, era “el chino” o “el chino de la esquina” como se conocían todas las bodegas de la ciudad de Lima por esa época. La mayoría de las bodegas en las que comprábamos eran propiedad de migrantes chinos y en algunos casos de sus descendientes. Prácticamente monopolizaban la venta al por menor de productos para la alimentación y el aseo de los limeños.

Recuerdo que si uno compraba cuatro o cinco productos, al momento de recibir el vuelto pedía o reclamaba al “chino” su “yapa” o pequeñísima recompensa que solía ser dos o tres caramelos. La palabra “yapa” proviene del quechua “ñapa” que significa ayudar, aumentar o añadir. Los caramelos estaban en tres o cuatro grandes frascos de vidrio numerados para identificarlos rápidamente. No estaban envueltos en celofán y, aunque había pequeñas paletas para despegarlos y sacarlos, muchas veces los dependientes utilizaban sólo sus manos para entregarlos.

EL PUENTE DE PALO

Volvamos a los braseros. Por poco tiempo pensé que sólo trabajaban en las noches, pero poco después tuve ocasión de verlos de día. Fue en una ocasión en el Malecón Rímac al inicio de un puente de madera que unía el Rímac con el cercado de Lima y por el cual cruzaría acompañando a mi padre al colegio Santo Tomás de Aquino donde había sido profesor por horas.

Como había dos carretillas cerca del llamado Puente de Palo, al pasar cerca pude darme cuenta que los braseros funcionaban con carbón, al igual que en la cocina de mi casa en el jirón Virú en que no se usaba cocina a querosene a diferencia de alguna casa vecina. Las señoras a cargo de los braseros de esas carretillas vendían habas sancochadas y choncholíes que se servían en pancas de choclo.

Sería el año 1947 o 1948 y no podía imaginarme que seis o siete años después, yo usaría ese mismo puente acompañado de mis tres hermanas menores cuando los domingos regresábamos de oír misa en la Iglesia de Santo Domingo (ver crónica “El Puente de Palo” del 1ª de noviembre de 2012).

BURRO Y TRANVÍA POR LA MISMA VÍA

Como ya también he relatado, por las mañanas pasaba por la puerta de mi casa el lechero llevando con una soga a su burro que cargaba un par de porongos -o quizás cuatro- con leche (Ver crónica "Recuerdos bajopontinos del 24 de marzo de 2014).

La presencia del borrico contrastaba con el paso de los tranvías justamente por el mismo jirón. Se trataba de la línea 2 que partía de la cuarta o quinta cuadra de la avenida Francisco Pizarro y después de cruzar el centro de Lima llegaba hasta Pueblo Libre. Cuando en esos años íbamos caminando hacia el jirón Trujillo me llamaba la atención que en la primera cuadra del jirón Virú, poco antes de voltear en la esquina, el tranvía cruzara de derecha a izquierda. A mis cuatro o cinco años me resultaba medio absurda esa maniobra. Muy poco tiempo después comprendí que si el tranvía no se “abría” resultaba imposible que pudiese voltear.

En esos años utilizaba ese tranvía urbano, acompañado de mis padres por cierto. Recuerdo particularmente cuando después de cruzar el puente y terminar la calle del jirón de la Unión al costado de palacio de gobierno, el tranvía volteaba y mostraba la plaza de armas. El enorme recinto con la catedral frente a la municipalidad y entre ambas edificaciones el amplísimo patio del palacio de gobierno constituía algo imponente para el niño de 5 o 6 años que yo era entonces.

Durante los tres o cuatro veranos que pasamos en esa casa, durante enero y febrero nos trasladamos a Miraflores para poder estar cerca de las playas. Allí "acampábamos" en el local del colegio de una de las hermanas de mi padre, desocupado en esos dos meses. Cuando queríamos recoger algo de nuestra casa utilizábamos los tranvías interurbanos que viniendo desde Chorrillos o Barranco se dirigían hacia el centro de Lima y desde allí nos íbamos al Rímac en el tranvía urbano, tanto el número 1 o el 2.

A la casa del jirón Virú, llegamos con mi hermana Hilda, 20 meses menor que yo, y de allí nos mudamos cuando ya había nacido en 1947 mi hermana Silvia. Ya vivíamos en jirón Marañón cuando en 1950 nació Vilma, la última de mis hermanas. Pasé horas en la casa de las hermanas de mi padre para uno de esos nacimientos y estuve días en esa misma casa para el otro (ver crónica “La casa de las tías: refugio de los Filomeno” del 20 de abril de 2013).

Más de 75 años después, mis recuerdos de esa época están relacionados con el calor familiar, con la casa en que viví hasta octubre de 1948, con las chispas que saltaban de braseros de distintas cocineras ambulantes, con un precario puente de madera y con la fricción de las ruedas metálicas de los tranvías sobre los rieles tendidos en las calles de Lima. Y todo eso teniendo como telón de fondo a la que considero la plaza más bella de Latinoamérica.

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