jueves, 30 de enero de 2025

ROMPIMIENTO CON LA DEMOCRACIA CRISTIANA (1971)

En 1971 mi cumpleaños fue muy especial. Conversé personalmente y por teléfono con algunas decenas de camaradas integrantes del Partido Demócrata Cristiano, PDC. Hablé para fundamentar el documento donde aparecía mi rúbrica junto a varias decenas de firmas que reflejaba lo que racionalmente habíamos concluido quienes integrábamos el sector de izquierda del PDC: que ya no era el instrumento necesario para conseguir la transformación del país y lograr el acceso al poder, la riqueza y la cultura para todo los peruanos. El documento era nuestra carta de renuncia al partido…

Muy pocos de aquellos con los que conversé, aunque también eran amigos, me felicitaron por mi cumpleaños número 29 a pesar de que varios de ellos lo sabían. Como era de un asunto importante de lo que hablábamos, sobraban los temas personales. Aunque nunca he sido de celebrar el aniversario de mi nacimiento ese día fue especialmente simple. Recién a las 8 de la noche pasé brevemente por mi casa a donde había acudido mi novia Ana María. Ella al igual que mis padres entendieron lo difícil que era ese momento y por tanto entendieron que me retirara apenas una hora después de encontrarnos.

DEMANDAMOS RECTIFICACIONES

Esa noche de junio me dirigí al local distrital de Miraflores del PDC. Teníamos una reunión de la comisión coordinadora de militantes que habíamos constituido desde hacía poco más de un mes, inmediatamente después de la expulsión de todos los integrantes de la directiva de la juventud DC y la destitución de los dirigentes nacionales del Comando Laboral. La comisión la presidía Enrique Bernales Ballesteros, quien había sido candidato a la presidencia del partido en la XI Asamblea Nacional realizada entre el 12 y 14 de marzo. Su candidatura representó fundamentalmente a la tendencia de izquierda que conformábamos muchos de quienes habíamos estado en los seis últimos años en la dirección de la Juventud DC, a cargo de COFESC (Coordinadora de Frentes Estudiantiles Social Cristianos) y del impulso de un Frente Estudiantil Social Cristiano, FESC, en la mayoría de las universidades desde 1962, así como también promoviendo la fortaleza partidaria después de la escisión derechista de finales de 1966, cuando se fundó el Partido Popular Cristiano, PPC (Ver crónica Hace 50 años: fundación del PPC vista desde la otra vereda” del 16 de diciembre de 2016).

Aunque después de la XI Asamblea, asumimos que dos años después en la siguiente asamblea ordinaria podíamos alcanzar la dirección partidaria, la mencionada expulsión nos hizo ver que las discrepancias no iban a ser democráticamente discutidas sino que se impondrían medidas autoritarias.

Para buscar salidas decidimos constituir la comisión que presidía Enrique y completábamos Rafael Roncagliolo -Rafo-, Carlos La Rosa, Ernesto Chávez Crovo, Manuel Bernales Alvarado -Manolo-, Arnaldo Ruiz y yo. Planteamos que el Comité Ejecutivo Nacional, CEN, partidario convocara a una asamblea nacional extraordinaria para discutir las medidas punitivas y revertirlas. En ese afán tuvimos gran cantidad de reuniones con militantes en Lima y Callao e hicimos algunos viajes y realizamos múltiples coordinaciones telefónicas con las bases departamentales.

Cuando los pedidos para la convocatoria a la asamblea que varios sectores partidarios respaldaron fueron desechados, entendimos que no había posibilidad del debate interno y sólo quedaban las renuncias como salida…

DECISIÓN DE RENUNCIAR

Se redactó la carta en que se señalaba que “durante muchos años, firmes en la disciplina y en la lealtad al partido y a sus autoridades, hemos luchado por hacer del PDC una organización popular y revolucionaria, definida ideológicamente por lo que dimos en llamar el socialismo comunitario”. Recordamos que en los dos años últimos la dirección partidaria había caído en “macartismo”, tanto que el informe del CEN había sido desaprobado en la XI asamblea en marzo y que, pese a las “promesas de respeto democrático y unidad”, la nueva dirección partidaria había tomado medidas autoritarias dando espaldas a las bases. Por esas razones, señalábamos que “agotada la vía democrática del partido, reprimida toda posibilidad de radicalizarlo, no tiene para nosotros ningún sentido permanecer en él”.

Finalizamos la carta indicando que al definir nuestra autonomía y distancia frente al PDC, “debemos reiterar nuestro respeto por aquellos dirigentes de generaciones anteriores, profunda y no ocasionalmente convencidos de sus posiciones”.

Estos eran párrafos de la carta con firmas en varias copias que estábamos consolidando en esa noche de mi cumpleaños en que se realizó la última reunión de la comisión encabezada por Bernales. Como siempre asistían otros camaradas. En esa oportunidad, además de los miembros de la comisión, había por lo menos veintitantos renunciantes.

Durante semanas previas a la redacción de la carta de renuncia y cuando ya era previsible que podíamos terminar por alejarnos del partido, seguimos reuniéndonos en ese local partidario. Lo comenzamos a utilizar a sugerencia de María Luisa Pflücker de Benza, ex dirigente nacional del partido, que había sido secretaria general distrital aunque en esos momentos lo era Yolanda de García Mac Rae. María Luisa ejercía un liderazgo natural en un distrito de mucha actividad partidaria.

El día anterior varios firmantes nos habíamos llevado copias de la carta de renuncia para hacer un esfuerzo adicional de conseguir algunas adhesiones más. Esa noche deberíamos consolidarlas para entregarlas al día siguiente al presidente del PDC, Luis Gómez Sánchez Boza.

RISAS EN MOMENTOS DE TENSIÓN

Considerando que han pasado más de cincuenta años, es muy difícil recordar detalles de esa reunión. Sin embargo, me acuerdo especialmente de la risa contagiosa de María Luisa Pflücker esa noche, cuando nos contó que Yolanda le había indicado que pasaría por su casa a firmar la carta de renuncia acompañada de su esposo -también militante DC- que estaba informado de los problemas en el partido y estaba de acuerdo con nuestras posiciones. Cuando llegó sola y antes que se lo preguntara le dijo que en su esposo había predominado sus ancestros escoceses. María Luisa comentó entre risas que se trataba de la tacañería escocesa, ya que el esposo acostumbraba a pagar sus cuotas partidarias adelantadas y que había manifestado que no podía renunciar en junio cuando había pagado sus cuotas hasta diciembre…

Hubo también risas en ese mismo local durante la semana anterior. Una de las noches en que estábamos reunidos, en un momento de silencio, se escuchó a José María Salcedo -Chema- exclamar ¡yo no puedo renunciar! y ante la cara de sorpresa de los asistentes añadió que no se había dado cuenta que nunca firmó una ficha de inscripción por no tener al día sus papeles de nacionalización, razón por la que incluso estuvo a punto de ser deportado en 1969, cuando era presidente de la Federación de Estudiantes de la Pontificia Universidad Católica del Perú, FEPUC (Ver crónica “En el jirón de la Unión se escondió uno y detuvieron a otro” del 19 de febrero de 2016). Desde varios años atrás, Chema había participado en reuniones partidarias especialmente relacionadas con el movimiento estudiantil, incluso en alguna oportunidad había viajado a Santiago de Chile a un seminario internacional de dirigentes DC. Como consideramos que su nombre debía aparecer entre los renunciantes, Chema tuvo que anunciar -entre risas- que iría al día siguiente al local central del partido para inscribirse y poder entonces renunciar pocos días después.

Hago un paréntesis considerando que en los últimos párrafos he mencionado a María Luisa y a José María. En esos momentos no podíamos imaginar que cinco años después nuestros tres nombres aparecerían en el manifiesto de fundación del Partido Socialista Revolucionario, PSR, menos aún que poco más de un mes después de ese hecho Chema y yo visitaríamos a María Luisa para despedirnos a pocas horas de su deportación del país ordenada por el gobierno del general Morales Bermúdez (Ver crónica “Durmiendo en camas ajenas” del 25 de julio de 2014).

ÚLTIMO DÍA EN LOCAL PARTIDARIO

Vuelvo a la reunión de junio de 1971. Enrique Bernales señaló que su encargo como coordinador debía concluir, ya que al día siguiente no habría militantes DC a coordinar, ya que seríamos ex militantes. De paso indicó que desde el día siguiente ya no se podía usar ese local para nuestros encuentros. En esos momentos los ahí reunidos coincidimos en que provisionalmente, hasta que se decidiera cómo mantener un trabajo político juntos, deberíamos adoptar un nombre temporalmente y coincidimos en que fuera Izquierda Demócrata Cristiana, IDC. Se propuso que Roncagliolo encabezara el comité nacional provisional de IDC y luego de intercambio de opiniones aprobamos que Rafo fuera el coordinador y que los integrantes del comité fuéramos José Salazar Alcántara -ex secretario departamental de La Libertad del PDC- Gonzalo Bracamonte, Salcedo y yo, a los cuales se añadieron los nombres de Carlos La Rosa y Henry Pease, no recuerdo si ese mismo día o después.

Esa última noche de reuniones en el local de Miraflores fuimos informados por los últimos dirigentes de la Juventud DC, encabezados por Arnaldo Ruiz, que presentarían sus renuncias en una semana más porque consideraban necesario hacer un esfuerzo por conseguir mayores adhesiones. Creo también porque renunciar con todos nosotros les restaba protagonismo. Aunque los problemas internos se habían precipitado con la expulsión de Ruiz y su directiva y en buena cuenta había sido el primer impulso para organizarnos en rechazo a esa medida, no había una plena identificación en las posiciones. Quizás las diferencias podrían ser solo de forma, pero como lo he manifestado en otras oportunidades no estábamos renunciando a nuestro pasado ni a las acciones realizadas como militantes DC. A lo que renunciábamos era a vivir en el pasado ignorando la necesaria radicalización que reclamaba la creciente injusticia social existente. Por tanto no cabía epítetos o ataques bajos a la organización política que nos había cobijado por muchos años.

CORDIALIDAD Y TRISTEZA AL DEJAR PARTIDO

Al día siguiente, cerca de mediodía nos encontramos con Rafo creo que en la cafetería de Sears de San Isidro, centro comercial que años después cambiaría de nombre y propietarios, primero se denominaría SAGA y posteriormente Falabella. Estábamos muy cerca de la oficina de Luis Gómez Sánchez -Lucho, le decíamos en confianza- en un edificio de reciente construcción no me acuerdo si en la avenida Rivera Navarrete o Las Begonias. Faltaban muchos años para que esa zona se convirtiera en el centro financiero de la capital.

Rafo había llamado telefónicamente a Gómez Sánchez esa mañana y quedó en visitarlo a las 12 del día. Llegamos puntualmente y nos recibió inmediatamente. Evidentemente no fue una reunión fácil para Lucho, a menos de tres meses de asumir la presidencia del partido. Leyó nuestra carta y luego se fijó en el nombre de los firmantes. Se encontró con la renuncia de cinco ex presidentes de la FEPUC, de dos ex secretarios generales de la JDC en los últimos años, de dos ex presidentes de la JUDCA -Juventud Demócrata Cristiana de América Latina-, de todos los coordinadores nacionales que tuvo COFESC desde 1963, de varios ex dirigentes nacionales del partido, de importantes cuadros universitarios y sindicales, además de algunos dirigentes departamentales.

Era evidente que tratándose de renuncias no había nada que discutir. Sin embargo siempre habíamos tenido un trato cordial con Lucho tanto que en algún momento le dijimos que hubiéramos querido entregar la carta a su antecesor con quién las diferencias habían sido notorias en la XI asamblea nacional. Después de haber intercambiado algunas frases cordiales, nos despedimos con fuertes abrazos. Curiosamente tratándose de una renuncia que significaba ruptura, rompimiento o discordia, cualquier observador hubiese notado la humedad en los ojos del que recibió la carta pero también en quienes la entregamos…

Estoy casi seguro de que la carta de renuncia fue publicada como aviso pagado el miércoles 9 de junio en el diario Expreso, expropiado el año anterior por el gobierno militar y entregado para que lo administraran a sus periodistas y trabajadores gráficos. También circuló un comunicado de IDC firmado por Roncagliolo como coordinador nacional anunciando nuestra renuncia e indicando “consideramos que, en su momento, el PDC tuvo un rol destacado en el país especialmente al difundir e impulsar importantes reformas estructurales”. Se añadía que era necesario ir más adelante y que “nuestros intentos por acelerar y profundizar el proceso de radicalización que el PDC había iniciado, se han estrellado contra el conservadurismo autoritario”.

Además el documento remarcaba que IDC buscaba “cooperar a la constitución de un amplio movimiento nacional y popular, aglutinado en la profundización de las transformaciones que vive el país y sobre todo en la lucha por las nuevas transformaciones destinadas a la cancelación del capitalismo”.

El comunicado terminaba informando que se convocaría en los siguientes meses a un encuentro nacional y que la representación y dirección de IDC estaría a cargo de un comité nacional provisional encabezado por Roncagliolo.

En las semanas siguientes se produjeron las renuncias anunciadas de la JDC, así como de varios otros ex dirigentes del Comando Laboral, también ex directivos departamentales, especialmente de La Libertad, incluyendo la ciudad de Trujillo.

LAS RAZONES DE NUESTRO ROMPIMIENTO

Más de medio siglo después de los hechos que relato es difícil recordar todo lo que pasó en ese segundo trimestre de 1971. Trataré sin embargo de esbozar lo que pensábamos quienes constituimos la corriente de izquierda en la XI asamblea nacional, que luego coordinamos a la militancia que discrepaba de las actitudes autoritarias del CEN del partido y que finalmente llegamos a la conclusión que sólo nos quedaba la renuncia como camino.

Básicamente constituíamos un sector que pensaba que la democracia cristiana de posiciones de centro izquierda donde se había colocado hasta 1969 debía radicalizarse aun más y, contradictoriamente, encontraba que la dirigencia no sólo era de centro derecha sino con tinte de “macartismo”, que fácilmente podían deslizarse a posiciones de derecha. De allí qué buscábamos que el partido ideológicamente optara por un socialismo comunitario, cuyas bases estaban expresadas en documentos aprobados por el Congreso Ideológico de PDC realizado el año anterior, pero que no había sido asumido por la dirigencia.

Nuestro sector abogaba por apoyar sin medias tintas las reformas estructurales del gobierno encabezado por el general Velasco Alvarado. Pensábamos que era necesario que ese apoyo fuera lo más activo posible y para ello que se debían buscar los más amplios consensos. Justamente la amplitud necesaria para apoyar las reformas estructurales nos llevaba a la búsqueda de políticas de alianzas con sectores de izquierda que justamente los dirigentes anteriores del PDC habían condenado, actitud que lamentablemente había continuado.

El 28 de julio de 1971, al cumplirse 150 años de la proclamación de la independencia del Perú, el presidente de la república, general Juan Velasco Alvarado, dirigió un mensaje a la nación. En esa ocasión afirmó que las acciones que venía realizando el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas eran la continuación de la gesta libertadora de 1821 que llevaría el Perú a una segunda independencia, construyendo una sociedad solidaria y de participación plena. En un momento de su discurso, que muchos comentarían en los días siguientes, afirmó que “esta Revolución se inscribe, con toda su probada autonomía conceptual, en la tradición más ilustre del pensamiento libertario, socialista y humanista…”

Faltaban tres días para iniciar el Encuentro Nacional que reuniría a los que habíamos renunciado al PDC y las palabras de Velasco nos reafirmaron en que eran correctas las posiciones que habíamos mantenido desde la XI Asamblea Nacional del PDC realizada en el mes de marzo. 

El primero de agosto fundamos el Movimiento Socialista Comunitario y yo fui elegido coordinador general. Pero esas son ya otras historias… 

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