Desde 1976 cuando el gobierno de Francisco
Morales Bermúdez se dedicó a perseguir a Rafael Roncagliolo, presidente de una
de las dos fracciones de la Federación de Periodistas del Perú, pude
experimentar lo que era participar en reuniones clandestinas frecuentemente. En
años anteriores, como en enero de 1963, había participado en alguna con
personas perseguidas por la junta militar de Pérez Godoy que gobernó sólo un año.
Para estos casos había que tratar de distanciarse de cualquier seguidor para
concurrir a encuentros pactados y luego reaparecer en lugares habituales. Entre
junio y setiembre de 1976 participé en innumerables reuniones clandestinas,
particularmente con Rafo hasta que éste tuvo que asilarse (Ver crónica “El asilo: la única salida” del 18 de octubre de 2013).
A fines de noviembre de ese año, producto de numerosas
reuniones clandestinas en los meses previos, se fundó el Partido
Socialista Revolucionario. Inmediatamente después se inició un
concertado ataque en los distintos medios de comunicación que el gobierno
controlaba contra sus públicos fundadores, particularmente contra quienes eran
militares retirados como el general de división Leonidas Rodríguez Figueroa,
señalado como uno de los primeros cuatro coroneles que se pusieron a órdenes de
Juan Velasco Alvarado para realizar un inédito golpe militar. Leonidas había
sido jefe del SINAMOS y comandante general de la II Región Militar con sede en
Lima. También contra el general de brigada Arturo Valdés, ex sub jefe del Comité
de Asesores de la Presidencia (COAP) y el contralmirante Jorge Dellepiani, ex
ministro de Industria y Comercio, ambos durante el gobierno de Velasco.
LA CLANDESTINIDAD ERA YA UNA POSIBILIDAD REAL
Como desde los días previos al lanzamiento
público existía una dirección nacional, ésta al analizar la situación que
incluía una virulencia inusitada en el ataque, contempló la posibilidad que algunos de los
dirigentes cuyos nombres habían aparecido en el manifiesto de fundación pasáramos
a la clandestinidad. Algo muy distinto a las reuniones clandestinas que
justamente realizábamos en esos días. Se trataba de dejar de concurrir a sus
lugares habituales: casa, trabajo, etc. de manera tal que los que estuvieran
buscando no encontraran ningún punto de partida.
No fue necesario en las primeras semanas. Sin
embargo en los primeros días del año 1977, el 7 de enero, se decretó la
deportación de los tres militares mencionados así como la del Capitán de Navío
Manuel Benza Chacón y su esposa María Luisa Pflücker de Benza, firmantes
también del manifiesto. Estas deportaciones tuvieron características especiales
bastante distintas a lo que ocurría cuando se deportaba a un civil. Altos
oficiales de por lo menos el mismo rango, comunicaron la medida a los afectados
esa tarde, les indicaron que viajarían en la madrugada siguiente y les pidieron
que no dejarán sus casas hasta ser recogidos para ir al aeropuerto.
Enterados de la situación –en momentos que
no había celulares e incluso algunos no teníamos teléfono en casa- por haber
desarrollado mecanismos de comunicación telefónica a través de los centros de
trabajo, familiares o vecinos, alrededor
de las siete de la noche nos encontramos en casa de Leonidas los miembros de la dirección nacional
públicamente ya visibles o de hecho identificados. Éramos unos siete u ocho los
que tuvimos una reunión tensa sabiendo que en las afueras había decenas de
policías. En todo momento Leonidas lucía sereno. Se tomaron algunos acuerdos de
emergencia: el principal que la dirección del partido permanecía en el país, es
decir que conservando el respeto y solidaridad por los deportados y el mantenimiento
de los cargos de Leonidas y Arturo, las decisiones sobre la acción política se
tomarían por los dirigentes acá. Además se vieron algunas formas prácticas de
comunicación que tendríamos en adelante, considerando que Arturo iría a México
y los otros compañeros a Panamá. Además, como el único dirigente con cargo que quedaría era
Antonio Meza Cuadra, secretario general
desde la fundación, se consideró necesario crear la sub secretaría general del
partido y se me designó para ejercerla.
Al terminar la sesión quedé en reunirme al día
siguiente con Antonio, quien me dijo que sería mejor que por lo menos esa noche,
pasáramos a la clandestinidad. Asentí mecánicamente sin tener idea a dónde ir y
menos imaginar que sería la primera de muchas noches que tendría que pasar en
la clandestinidad en los próximos dos o tres años. Salimos de la casa de
Leonidas con Jose Maria Salcedo y subimos a mi flamante Volkswagen que recién
entregado por la empresa donde lo compramos tuvo también que pasar casi tres
semanas de clandestinidad para aparecer
públicamente desde el 6 setiembre, el día que Rafo se presentó en el local de
la embajada de México en la avenida Javier Prado Oeste para pedir asilo
político (Ver crónica “El Volkswagen rojo” del 14 de setiembre de 2013).
DESPEDIDA A LOS DEPORTADOS
Curiosamente nos dirigimos a la casa de otro
compañero que había optado por México cuando le comunicaron su deportación.
Hicimos un largo trecho para estar unos quince minutos en la casa en La Molina
de Arturo Valdés con quien Chema tenía mayor amistad que yo. No me imaginé que
antes de terminar el año me encontraría con él en una pequeña ciudad al sur de
Suecia (Ver crónica “Llegué a Lund en avión, bus, barco, tren y auto” del 20 de enero de 2013). Arturo no se mostraba sereno sino indignado. Incluso mientras
estábamos allí fuimos testigos de una conversación telefónica con términos
durísimos con el jefe de Estado mayor del Ejército, general de división Pedro
Richter Prada, de quien era bastante amigo.
De regreso de casa de Arturo nos dirigimos a
Miraflores. En el camino paré en una cabina con teléfono público y llamé a unos vecinos que tenían teléfono y les pedí que avisaran
a mi esposa, Ana María. Ella había estado al tanto de la orden de deportación y
aceptó resignada que esa noche no acudiera a dormir a la casa. Ya eran más de
las 10 de la noche cuando al acercarnos a la casa de Chema decidimos ir a casa
de los Benza que quedaba unas doce cuadras más allá, en el Malecón Cisneros. Si
todo está apagado nos seguimos de largo le dije. Cuando nos estacionamos frente
a la casa vimos que había una luz en el hall de entrada, aunque en el resto de
la casa estaba a oscuras. Tocamos el timbre sin mucha convicción y en menos de medio
minuto María Luisa nos estaba abriendo. Nos hizo pasar inmediatamente. Mañuco
está descansando, ya que salimos de madrugada, nos dijo. Sólo venimos a darte
un abrazo de despedida e inmediatamente nos vamos para que descanses, le
dijimos a Lucha Benza. Ya tendré tiempo de descansar en el avión nos dijo
sonriendo y nos pidió que nos quedáramos un rato.
LUCHA BENZA: SOBRE TODO UNA MUJER SOLIDARIA
Los tres habíamos renunciado juntos al Partido
Demócrata Cristiano en junio de 1971. Ella había sido dirigente nacional y no
había dudado ni un instante en acompañar al núcleo básicamente de jóvenes que
rompimos con la DC después de haber sido su ala izquierda. Nos habíamos tratado
mucho entre 1971 y 1972 y recién habíamos retomado contacto desde mes y medio
antes de la aparición pública del PSR. María Luisa estaba serena al mismo
tiempo que con sana curiosidad por lo que vendría después. Con mis cinco hijos ya
mayores, quiero mucho a los nietos que tengo y sin duda a los que vendrán, pero
no estoy resignada a ser sólo abuela, quisiera aportar en algo más, nos dijo.
Y vaya que aportó. No sólo fue un referente para
todos nosotros por su actividad partidaria silenciosa pero eficiente, sin
ningún afán de figuración incluso cuando resultó la primera mujer de izquierda
que ocupó una concejalía en Miraflores. Pero quizás su aporte más significativo
fue su labor de solidaridad internacional en representación del partido, pero
trascendiendo a ese encargo con una generosa entrega permanente. Fue
fundamental su trabajo en el Comité de Solidaridad con Nicaragua, primero, y en
el Comité de Solidaridad con América Latina y el Caribe, COSALC, después.
SIN REFUGIO ASEGURADO AL BORDE DEL TOQUE DE QUEDA
Pero volvamos a la noche del 7 de enero. Salimos
reconfortados de la casa de María Luisa. Habíamos llegado a darle ánimo y
habíamos recibido de esta extraordinaria mujer, quien hoy ya superó los 90 años,
no sólo ánimo sino optimismo en que todo saldría bien. Dejé minutos después a
José María en su casa y recién me hice la pregunta ¿en qué cama dormiré esta
noche? Se acercaba la medianoche y el toque de queda comenzaba a la una de la
mañana.
Una hora después estaba tratando de dormir no en
una cama sino en un sofá… Desde Miraflores me había dirigido al departamento de
Temístocles Olivares, un gran amigo democristiano que vivía en la zona de Santa
Beatriz en el Cercado de Lima. En ese tiempo estaba soltero y se sorprendió cuando
me contestó el intercomunicador, pero inmediatamente me hizo pasar y aceptó
albergarme. Aunque en ese momento no lo sabíamos, sería la primera pero no la
última vez que recurriría a su fraterna hospitalidad.
Al día siguiente nos encontramos con Antonio Meza
Cuadra. No había ninguna información de intentos de operativos de detención en
los lugares habituales de movimiento: su casa, su consultorio y el Hospital del
Niño. Yo me había comunicado con Ana María y por mi casa tampoco había indicios
que obligaran a seguir en la clandestinidad. Analizando la situación con otros
compañeros convinimos que en esta etapa el objetivo represivo sólo era los
militares retirados que estaban entre los fundadores del partido, sin duda para
evitar que su pública crítica a un gobierno militar lograra niveles de adhesión
dentro de la propia Fuerza Armada. El 11 de enero un comunicado oficial del
gobierno informando de las deportaciones realizadas tres días antes, corroboró
nuestra apreciación.
CLANDESTINIDAD POR EL PARO DEL 19 DE JULIO
El resto del año no hubo clandestinidad para los
dirigentes del partido, salvo días antes del Paro Nacional del 19 de julio. La
coordinación con dirigentes de otros partidos con presencia en los distintos
gremios hizo que distintos dirigentes participáramos de varias reuniones
clandestinas y se optó porque varios de nosotros estuviéramos clandestinos por
dos o tres días. No recuerdo cuál de mis compañeros participó en una cita que
reveló gran creatividad. Se le citó en una esquina de una avenida, indicándole
un santo y seña y mientras esperaba que alguien se le acercara paró un micro y
una persona le dijo las palabras que esperaba. Subió al vehículo y comprobó que
habían dirigentes de otros partidos y luego de recoger a otros dirigentes se
realizó una reunión de lo más extraña: cada uno hablaba desde su asiento, nadie
volteaba cuando quería dirigirse a otro y el acomodador hacía las veces de
director de debates…
En esa oportunidad también el departamento de
Santa Beatriz me sirvió de refugio,
aunque en esa época Temístocles ya estaba casado…
Hay coincidencia de opiniones en el sentido que ese
paro apresuró decisiones del gobierno que fueron anunciadas 9 días después, con
ocasión del discurso por 28 de julio del general Francisco Morales Bermúdez: se
llamaría a elecciones de una Asamblea Constituyente para que iniciara sus
funciones a mediados de 1978 y luego de redactada la nueva constitución se convocaría
a elecciones generales en 1980. Este anuncio indicó el inicio de una apertura e
incluso el diálogo con fuerzas políticas en los siguientes meses.
Sin embargo, en medio de este cambio se produjo
la detención sin precisión de razones de Antonio Meza Cuadra en la mañana del
29 de agosto, cuando ingresaba a su oficina de la cátedra de pediatría de la
Universidad de San Marcos ubicada en el hospital del Niño. Hubo protestas no
sólo del PSR, sino de gremios médicos y de la universidad. El día 31 fue puesto
en libertad sin ninguna explicación. La noche del 29 teníamos un operativo de
pintas que decidimos no suspenderlo. Pero cuando llegué al punto de reunión, un
compañero que usaba el apelativo de Lucho me dijo que yo no podía salir porque
siempre había el peligro de ser detenido y en ese momento –por la detención de
Antonio- yo era el principal dirigente.
SORPRESAS EN LA CLANDESTINIDAD
No sólo me dijeron que no podía salir al
operativo sino prácticamente me dijeron que era mejor que me fuera ya. Lucho me
dio una dirección y dos llaves. Son de la puerta del edificio y del
departamento de una compañera que está fuera de Lima, me dijo. Y quedamos en encontrarnos
en algún punto al día siguiente para ver si devolvía la llave o seguía usando
el departamento unos días más. Llegué a la dirección con alguna dificultad
porque la calle era oscura y entré a un cómodo departamento inconfundiblemente
femenino. Me puse a ver televisión hasta que me quedé dormido.
En la mañana siguiente me despertó el ruido de la
puerta al cerrarse. Pensé que era la compañera, me puse apuradamente los
pantalones ya que había dormido en ropa interior y salí al living. Quien había
llegado se sorprendió tanto como yo. Le dije por qué me habían facilitado la
llave, mientras que él me indicaba que la compañera le había dejado una llave
para que pasara de vez en cuando para que no se notara un departamento vacío.
Había llegado con su periódico y una bolsa de pan. Me preguntó si había tomado algo
y ante mi negativa puso a hervir agua, buscó el café instantáneo y el azúcar en
los anaqueles de la cocina, así como tazas, cucharitas y platos donde colocó el
pan. Desayunamos mientras conversábamos de la situación política. Terminado mi café
me levanté y me dirigí al baño a ducharme y me indicó dónde estaban guardadas
las toallas grandes, con la misma naturalidad con que había ubicado las cosas
en la cocina.
Al poco rato salí para tratar de comunicarme con mi esposa, así como con otros dirigentes del partido. Mi amigo dijo que se quedaría un rato más para
leer tranquilamente su periódico. Al dejar el departamento tenía bastante claro
que su papel en ese departamento no era el de visitante ocasional para
comprobar que todo estaba en orden… Esa noche fue la última clandestina en
1977.
CASI CUARENTA DÍAS SIN PISAR MI CASA
Pero sin duda fue poco antes de las elecciones
para la Asamblea Constituyente donde se inició mi mayor etapa de clandestinidad:
38 días. Comenzó una noche en una casa de una quinta de Miraflores junto con
Paco Moncloa en la que recibimos varias visitas, incluso comenzado el toque de
queda (Ver crónica “Hace 35 años fui un papá de la calle” del 24 de mayo de 2013). Después de la primera noche en que prácticamente
quedamos “descolgados” él se dirigió a su casa porque estaba seguro que sería
el último dirigente en ser detenido, mientras yo recurrí inicialmente a mi
amigo de Santa Beatriz, pero un par de días después ya con Rafo que estaba tratando
algunos temas de seguridad conseguí una semana de alojamiento en una casa de
una compañera que vivía en Pueblo Libre, otra en un departamento amoblado pero
que se notaba medio abandonado por la calle Torres Paz de Santa Beatriz, unos
días en la casa de mi amigo Temístocles y dos o tres días en casas de amigos
que podían alojarme no más de una noche por razones tan diversas como: hijos
chicos que podrían comentar en el colegio sobre un tío desconocido alojado en
su casa, personas mucho mayores que podían hablar con sus amigas o vecinos
demasiado curiosos o era una zona donde vivían varios intelectuales conocidos
aunque no necesariamente militantes de partidos.
ENTRE TRAGOS HABLANDO MAL DE LAS MUJERES
Hay finalmente una noche de clandestinidad
ocurrida creo que en 1979 con ocasión de algún paro y que se consideró
conveniente que algunos dirigentes pasáramos a la clandestinidad. No recuerdo
mucho las circunstancias políticas de ese momento sí que terminó casi en una
borrachera con un desconocido que, para congraciarse conmigo, hablaba pestes
del matrimonio y de las esposas...
Fue un sábado que se decidió que era mejor que
algunos no durmiéramos en nuestras casas. Me parece que Temístocles tenía
algunos familiares alojados en su departamento, por lo que sugirió que hablara
con su hermano Lauro también amigo mío quien vivía solo en un departamento a unas
seis o siete cuadras también en la zona de Santa Beatriz. Este era además
administrador del edificio de unos seis o siete pisos y aceptó darme “asilo”
por una o dos noches. Era sábado, nos pusimos a conversar cuando tocaron la
puerta. Se acercó a abrirla y pude distinguir que el visitante era de mi edad y
que llegaba con una botella de ron en la mano. Mi amigo algo le dijo en voz
baja que yo no alcance a oír.
Las siguientes dos horas –cuando el toque de
queda existía en la calle pero no dentro del edificio- me la pasé brindando con
alguien que me sostenía reiteradamente con los más absurdos argumentos, que los
matrimonios sólo servían para que la mujeres abusaran de los hombres. Que él
estaba divorciado y estaba feliz porque tenía hijos a los que veía pero no
tenía esposa. El divorciado es el mejor de los estados civiles, sostenía,
mientras bebía el doble que mi amigo y yo. Cuando se acabó la botella se
dirigió a su departamento a conseguir otra, mientras que yo le preguntaba al
dueño de casa qué le había dicho a su vecino sobre mi presencia en el
departamento.
Bueno, como llegó de improviso y me preguntó
quién eras, lo primero que se me ocurrió contestar fue: “Es un pata muy buena
gente, que en el almuerzo se tomó un par de tragos con unos compañeros de
colegio y su mujer lo botó de la casa…”. Sólo me quedó esperar que el vecino
regresara para tratar de tomar lo mínimo indispensable y poner cara de
circunstancia cuando me hablaban de las esposas abusivas…
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