Cincuenta y cinco años después de mi primera
salida al extranjero, puedo recordar que en los viajes -todos por razones
políticas- que realice entre 1964 y 1991, tuvieron como constante la exigua
“bolsa de viaje” con la que salía del país, que por cierto no era entregada por
nadie sino salía de mi propio bolsillo con el ahorro producto de reducir mis
gastos habituales, aunque en alguno de los realizados en la década del 60 con
ayuda también de mis padres. Hablo de una época en que lo que llevaba en el
bolsillo me debía alcanzar en todo el viaje, durara algunos días, varias
semanas o casi un par de meses.
En ninguno de esos viajes llevaba tarjeta de
crédito. De hecho cuando comenzaron a circular en el Perú en la década del 80, estaba
muy lejos de mis posibilidades. Me imagino -aunque no tengo mayor información-
que para las propias entidades bancarias debió ser muy difícil un sistema de
crédito en medio de una inflación descomunal. De hecho mi primera tarjeta de
crédito la obtuve recién en 1995 ó 1996. Tampoco entonces tenía cómo sacar
dinero de los cajeros que no recuerdo desde cuándo existen.
Sin tratar de agotar el tema, recordaré en esta
crónica algunas estrecheces económicas vividas en viajes realizados entre 1964
y 1970 cuando era integrante y dirigente de la Juventud Demócrata Cristiana del
Perú y aún no llegaba a los treinta años, principalmente porque resultaron situaciones
tensas, algunas en demasía, aunque luego de vivirlas las recordé como experiencias
gratas. Es posible que algunas de las circunstancias vividas hubieran pasado al
olvido, si no hubiesen sido acompañadas de la conciencia de estrechez
económica.
LA SENSACIÓN DE DEPENDER DE UNO MISMO
Cuando el 21 de octubre de 1964 salí del
aeropuerto de Barajas para ubicar un bus que me llevara a Madrid, ya habían
pasado 52 o 53 días desde mi arribo a Milán, primera ciudad que pisé en ese mi primer
viaje a Europa. Sin embargo recién desde ese momento dependía de mí mismo. En esta ocasión quiero sólo señalar que la sensación de
tranquilidad mientras caminaba por avenidas, calles, museos o plazas de la
capital española se basaba en que tenía sólo que llegar al día 26 fecha de mi
pasaje de regreso a Lima. Y vivir cuatro o cinco días prácticamente sin dinero
era un costo soportable a cambio de conocer una ciudad. Ya he
relatado en otra oportunidad las limitaciones de alojamiento y alimentación que
viví en esos días y la forma inesperada como las mitigué (Ver crónica "Llegué a Madrid con ocho dólares" del 19 de julio de 2013).
Cuando recuerdo esa estadía en Madrid a mis 22 años, no
dejo de pensar que posteriormente tuve oportunidad de compartir más de un viaje
con personas que luego de estar en algún país como invitados, eran incapaces de
moverse luego de terminadas las reuniones si tenían que estar no más de un día
por su cuenta.
CUANDO ES IMPORTANTE GUARDAR LAS APARIENCIAS
Otro tipo de experiencias tienen que ver con la necesidad
de saber que en determinados casos las apariencias son fundamentales. El hacer
que nos dejaran en la puerta de un hotel de tres o cuatro estrellas para luego
caminar unos cien metros para ingresar a un alojamiento de media estrella nos
sirvió a Rafael Roncagliolo y a mí a mediados de abril de 1966 para una serie
de atenciones en una línea aérea que nos había obsequiado los pasajes para
realizar gestiones en Santiago de Chile (Ver
crónica “Están con el presidente ¿es urgente” del 15 de diciembre de 2012). Por cierto que en esa oportunidad, tres o
cuatro días de la semana de nuestra estadía nos alojamos en la casa de un amigo
peruano para así afrontar los gastos de alimentación y transporte que habían
superado nuestras previsiones..
Y si en Madrid me preparaba en 1964 para un día eventualmente sin
almuerzo con un litro de leche tomado en una bodega y no en una cafetería, antes
de iniciar mis caminatas solo por la ciudad, en París seis años después con mi
recordado camarada y amigo Julio Da Silva, durante el fin de semana que más
debo haber caminado en mi vida, compartimos en tres ocasiones, un baguette
comprado en una panadería en la mesa de una cafetería en la que sólo
ordenábamos café (Ver crónica "En París sólo comí pan y queso” del 24 de marzo de 2014).
Y es que en ambas oportunidades mi preocupación era recorrer lo máximo posible de una ciudad
que recién conocía con la dedicación de quien piensa que no tendrá ocasión de
regresar aunque en ambos casos no fue así…
ES IMPORTANTE APARENTAR SEGURIDAD
Antes de arribar a Madrid en 1964 como a varias otras ciudades en uno
de los viajes que hice en 1970, me cuidé de verificar si algún pasajero no
aceptaba la comida para pedir a la camarera si había otro almuerzo o cena.
Claro que daba a entender que quería comprar otra ración, a lo que las
camareras contestaban que no era necesario el pago con indulgentes sonrisas frente
a lo que pensaban era ignorancia. Esto ocurrió en los casos en que no podía
saber si podía costear la siguiente comida en la ciudad a la que llegaba.
Algo que me sirvió en esos viajes de mi juventud fue demostrar la
seguridad de quien no tiene problemas. Me ocurrió en el aeropuerto de Caracas
cuando llegué sin posibilidades de pagar ni siquiera un transporte colectivo a
la ciudad y me embarqué en un taxi cuyo costo pagaron en el hotel al que llegué.
Ocurrió luego de indicarle al encargado de recepción que no tenía bolívares, la
moneda nacional, aunque no le dije que tampoco tenía ningún otro tipo de
monedas (Ver crónica “A Caracas llegué con un dólar”
del 20 de febrero de 2015).
CUANDO EL DINERO AUMENTÓ Y LOS CIGARRILLOS SE ACABARON
En esos años hubo dos ocasiones en que en el aeropuerto me encontré con
más dinero que el que tenía al llegar. La primera vez en octubre de 1964 en
Madrid, cuando acompañé a un camarada peruano -César Pacheco Velez- que se
embarcaba a Paris y me dejó las pesetas que le sobraban que equivalían a
catorce dólares, casi el doble del capital que tenía cuando cuatro días antes
había arribado a ese aeropuerto. Y la otra ocasión en setiembre de 1970 cuando
salí de aeropuerto de Caracas con cincuenta dólares luego que la juventud del
COPEI, nombre de la DC en Venezuela, me reembolsara los gastos efectuados en
esa ocasión y dos semanas antes.
Lo que nunca sucedió en esos años es que tuviese más cigarros al salir
que al llegar a un aeropuerto. Para los fumadores resultaba económico comprar
cartones de cigarrillos, es decir diez paquetes, en las tiendas libres de
impuestos de los aeropuertos y eso hacía en esa época de fumador empedernido.
Sin embargo hubo una oportunidad en que me quedé sin cigarrillos por
varias horas… Fue justamente en mi primer viaje, cuando regresaba hacia Lima.
Ocurrió cuando estaba terminando de cruzar el Atlántico. Había salido de Madrid
y estaba llegando a Caracas. No tenía ni un dólar para comprar una cajetilla en
el avión. Poco después, al aterrizar, los pasajeros en tránsito quedamos
confinados en una sala amplia sin poder recorrer las instalaciones del
aeropuerto. Después de casi una hora volvimos a embarcarnos y dos horas después
aterrizamos en el Aeropuerto Internacional
El Dorado de Bogotá. Allí juntando mis monedas logré tener lo suficiente para comprar un paquete de "Piel Roja", fuertes cigarrillos negros colombianos.
Fumé mi primer cigarrillo en el aeropuerto satisfecho, más aun cuando en
la cafetería daban gratis tazas de delicioso café colombiano. Cuando me
embarque para mi último trayecto hacia Lima lo hice feliz.. sin un dólar en el
bolsillo.
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