viernes, 21 de agosto de 2015

MOSCÚ – SURMENAGE - MOSCÚ (1987)

Faltaba poco para las siete de la noche del 10 de noviembre de 1987 cuando Anatoly K. llegó al hotel “Octubre” para acompañarme al aeropuerto de Sheremétievo. Regresaba a Lima después de estar en la capital soviética casi diez días asistiendo a varias reuniones conmemorativas. En algún momento comenté que me esperaban cerca de 24 horas de vuelo y él, con aspecto cansado pero sonriente, me dijo que le quedaban sólo tres días para culminar informes administrativos y comenzar sus vacaciones.

Anatoly  era funcionario del departamento Internacional del Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS. En Moscú se había realizado los días 4 y 5 el “Encuentro de representantes de partidos y movimientos con ocasión del 70 aniversario de la Gran Revolución de Octubre” en el cual habían participado 178 delegaciones. Organizado por el PCUS, concurrieron partidos comunistas de todo el mundo, prácticamente todos los partidos social demócratas europeos y algunos de otros continentes, movimientos de liberación de algunos países y partidos socialistas latinoamericanos, como el Partido Socialista Revolucionario, PSR, del cual era yo secretario general. El sábado 7, día central, había asistido al acto público y desfile militar en la Plaza Roja. Además, durante la semana se habían realizado múltiples encuentros internacionales de sindicalistas, periodistas, mujeres y jóvenes. Incluso los invitados al encuentro habíamos asistido a una sesión conjunta de dos días del Comité Central del PCUS, el Soviet Supremo de la URSS y el Soviet Supremo de la Federación Rusa.

"NO TE PREOCUPES POR MI"

Desde el 1° o 2 de noviembre había visto a Anatoly tratando de coordinar actividades de partidos de distintos países que -creo- eran Brasil, Colombia, República Dominicana y el Perú, que por lo menos en el último caso, eran tres: el Partido Comunista Peruano, el Partido Aprista Peruano y el PSR. Además de la agenda común -que incluía traslados, ubicación en reuniones, entradas para espectáculos- había las inquietudes de cada uno y la organización del viaje a Leningrado -ciudad hoy nuevamente llamada San Petersburgo- de varios integrantes de esos partidos después del acto central.

Hubo durante esos días algunos almuerzos o cenas donde asistimos todos los invitados. En otros casos almorzábamos o cenábamos en el comedor del hotel donde cada delegación –que podía ser de una o dos personas- tenía su mesa. En mi caso la delegación era sólo yo acompañado por mi traductor, Nikolai. A pesar de la fuerte carga de trabajo, Anatoly tenía previsto acompañar en el almuerzo o en la cena a todas las delegaciones a su cargo. Conmigo tuvo que suspender el compromiso en un par de oportunidades. En ambos casos indicándome que otro de los dirigentes partidarios a su cargo tenía problemas de agenda en las fechas previstas. Cuando se me acercó para fijar por tercera vez una cita, le dije que se despreocupara y me dejara al último. Cuando finalmente cenamos, pidió al traductor que realizara alguna gestión y en los minutos que quedamos a solas me hizo un comentario sobre cómo algunas personas se sentían más importantes si se les atendía antes o se le hacía caso más rápido en sus pedidos. Cuando nos despedimos en el aeropuerto la cara de Anatoly reflejaba el arduo trajín y la fuerte tensión de los últimos días.

ME SENTÍ MAL EN MEDIO DEL ATLÁNTICO

Después de despegar del aeropuerto moscovita y luego de la escala en Shannon, Irlanda, cuando atravesaba el Atlántico y faltaba alrededor de una hora para aterrizar en el aeropuerto canadiense de Gander -nueve horas después de partir de Moscú- me sentí enfermo, algo ansioso, medio mareado. Según como me sienta solicitaré atención médica, me dije. En ese terminal, mientras escuchaba hablar en ruso a la mayoría de los pasajeros y en inglés en la cafetería, decidí que con mi castellano no podría explicar mi malestar a nadie. Es mejor llegar a La Habana, pensé.

Llegué a la capital cubana a las 5:20 de la mañana. Cuando me instalé en una silla en el terminal, al malestar se juntó el cansancio del viaje y no haber dormido más de 36 horas. Unas tres veces estuve a punto de pedir asistencia médica, pero al mismo tiempo consideré que ya estaba muy cerca del Perú. Dos horas después de llegar, me embarqué en el avión de Aeroflot rumbo a Lima.

Cuando aterricé en el aeropuerto internacional Jorge Chávez exactamente a mediodía del 11 de noviembre sentí un gran alivio. Habían pasado veintitrés horas y media desde la salida de Moscú. Avancé cada vez más nervioso por un pasadizo para realizar los trámites migratorios y recoger mi maleta. No me fijé que por un pasadizo paralelo separado por gruesa pared de vidrio se dirigían a la sala de embarque José María Salcedo y Carlos “Chino” Domínguez quienes viajaban justamente a Moscú para realizar un reportaje sobre los cambios que se producían en la Unión Soviética bajo el liderazgo de Mijail Gorbachov. Un par de meses después, cuando volví a encontrarme con Chema me contó que le había llamado la atención mi aspecto. “Estabas verde…”, me dijo.

AGOTAMIENTO TOTAL

Cuando salí a la zona de espera del aeropuerto me encontré con mi esposa, Ana María, quien se impresionó por mi aspecto. Coincidimos que debía examinarme un médico. Poco después de estar en mi casa llegaron mis hijos del colegio, los abracé mientras conversábamos de mi viaje y de sus cosas y almorcé algo ligero. Ana María fue a la casa de unos vecinos para llamar a un médico. Desde más de 14 años teníamos presentada nuestra solicitud de teléfono, pero faltaba aun un año para que lo instalaran. Regresó y me dijo que Ernesto Velit vendría a examinarme en un par de horas y que le había dicho que me echara a descansar.

Ernesto era fundador del PSR y en esa época integraba su comisión política. Su especialidad médica es endocrinología. Hace poco más de dos años le han rendido homenaje al cumplirse 50 años que fundó el servicio de endocrinología y metabolismo en el antiguo hospital del Niño. Teníamos mucha confianza en su criterio. Cuando llegó a mi casa a las cinco de la tarde, intenté levantarme de la cama para saludarlo pero me dijo que no me moviera. Procedió a examinarme minuciosamente y luego me dijo con voz calmada que temió que hubiera sufrido un infarto, pero que aparentemente lo que tenía era un agotamiento total. Y añadió: “Sin embargo, es mejor que tengas una consulta con un cardiólogo lo más pronto posible y mientras tanto reposes…”

Al día siguiente, gracias al seguro médico del trabajo de Ana María, tuve una cita con un cardiólogo que me hizo algunas pruebas y solicitó opiniones de otros especialistas. Un día después, el viernes 13 concluyó: Estás al borde del surmenage, lo que tienes que hacer es reposo absoluto, no preocuparte por nada, si ves televisión que sea sólo dibujos animados. No quiero que tengas ninguna preocupación, nada que pueda producirte stress, por lo menos en treinta días. Básicamente necesitas descanso…

Mientras regresábamos a casa, sentado al lado de mi esposa que era quien manejaba, repasé mis actividades en los últimos tiempos y comprendí que mi organismo me estaba pasando la factura. Editor -y único redactor- del Resumen Semanal de DESCO, la ONG en la que trabajaba. Secretario General del PSR con todo lo que ese cargo significaba en tiempo y tensiones a lo que había que añadir que integraba en representación del partido el Comité Directivo de Izquierda Unida, frente político de indudable gravitación nacional pero también foro de discusiones desde perspectivas distintas de los seis destacamentos políticos que lo integrábamos. Pero además, esposo y padre de tres hijos convencido del valor de construir una verdadera familia y tratando de darle el máximo de tiempo posible. Por si fuera poco, estos distintos roles vividos en un país bajo la permanente amenaza del terrorismo que podía afectar a cualquiera de los familiares y con una crisis económica que obligaba a “ajustarse los cinturones” considerando los gastos de tres estudiantes en la familia.

UNA OPORTUNA INVITACIÓN

Los sábados mi esposa trabajaba hasta mediodía. Me quedé en casa con mis hijos. Regresó con cara de preocupación. Me ha llamado Pepe Luna para decirme que ayer lo llamaron de la embajada soviética para decirle que debes comunicarte urgentemente porque tienen una invitación para un viaje de descanso y chequeo médico. Pepe era el secretario de relaciones internacionales del PSR. Y Ana María añadió medio intrigada: dice que el viaje sería por un mes y no sólo para ti sino también para mí. Aunque en ese momento no me lo dijo, la preocupación de Ana María se debía a que se imaginó que quizá el médico no le había revelado la gravedad de mi estado de salud y que se lo hubiera comunicado a Velit y que éste, con otros dirigentes partidarios, hubiese gestionado el viaje para alguna operación o tratamiento complicado. Esto por cierto fue producto de su preocupación, ya que aun cuando mi estado de salud hubiese sido grave, era imposible que alguna gestión hubiese logrado un viaje inmediato.

El lunes un funcionario me confirmó la invitación y me dijo que necesitaba conocer pronto si la aceptaba para ver lo referente a visas y pasajes. Me indicó que la invitación venía del departamento internacional del PCUS y que consideraban el primero de diciembre como fecha de salida. Cuando le conté mi estado de salud me dijo que ese viaje sería la mejor forma de recuperarme. Yo estaba seguro de lo mismo. Le dije que lo llamaría en un par de días y le pedí que trasmitiera mi agradecimiento al PCUS. Sabiendo que esas invitaciones se realizaban con anticipación, me preguntaba cómo se había generado la nuestra. Ni intenté averiguarlo, ya que no había forma de saberlo en Lima y sabía que sólo en la capital soviética encontraría la respuesta, pero pensé que Anatoly, quien me había despedido una semana antes, algo tendría que ver…

Logré cita con el médico al día siguiente. Le hablé de la invitación explicándole que se trataba de un chequeo médico completo y una estancia de unas tres semanas en un hotel expresamente previsto para descanso que incluso se llamaba sanatorio. Después que él me dijo que era lo mejor que podía sucederme para restablecerme y que no dudara en aceptar esa invitación, me atreví a plantearle si podía reintegrarme a mis labores habituales “a media máquina” en las dos semanas que quedaban para el viaje. Sonriendo me contestó que sentía que yo estaba buscando “negociar” una amnistía y me dijo que podía estar “a media máquina” en el trabajo y a “cuarto de máquina” en la actividad política. Al salir del consultorio llamé a mi esposa para que viera sus vacaciones en el trabajo y yo mismo me fui a DESCO, donde no me esperaban hasta fines de año y encontré fórmulas para trabajar a medias hasta fin de mes y reintegrarme plenamente en enero.

Ese fin de semana estuve en realidad a algo más de “cuarto de máquina”. El viernes 20 inauguramos la “Casa Socialista”, el nuevo local central del PSR frente al lado sur del Parque de la Reserva y el 21 y 22 realizamos la II Conferencia Nacional de Organización, que se había venido trabajando durante varios meses bajo el impulso del incansable Juan Borea. Me hubiera sentido muy frustrado de no asistir a esta reunión conociendo la dedicación de cientos de compañeros en todo el país para aportar sus ideas a los documentos que habían circulado y cuyos textos para la discusión habíamos redactado con Juan en un viaje de doce horas entre Lima y París (ver crónica “Un carajo en París" del 1° de noviembre de 2012).

REGRESAR AL FRÍO

Veinte días después de llegar procedente de Moscú, en la tarde del martes primero de diciembre me embarqué con mi esposa rumbo a esa ciudad en el viaje más movido de todos los que he realizado (ver crónica “A 10000 metros de altura no hay nada que hacer” del 24 de mayo de 2013). Debido al cambio horario, cuando aterrizamos 23 horas después era la una y media de la mañana del jueves 3. Al final de la manga de salida del avión nos esperaba un joven alto que se presentó como Andrei, quien  sería nuestro traductor y acompañante durante toda nuestra estadía. Al día siguiente, con los estragos del cambio horario que nos tenía medio sonámbulos, después del desayuno paseamos en auto con nuestro traductor por zonas céntricas de la capital soviética. Bajo un radiante sol llegamos a la Plaza Roja y cuando Ana María se animó a bajar confiada en su saco de invierno más grueso, regresó un par de minutos después tiritando, debido a los varios grados bajo cero. A las dos de la tarde nos buscó en el hotel Anatoly para saludarnos formalmente y darnos una idea del programa que tendríamos en las siguientes semanas. Ese día, después de almorzar tarde, paseo y a las siete de la noche circo que, además de lo excelente como espectáculo, serviría para mantenernos en pie y llegar a comer a las diez de la noche. La idea era que cayéramos pesadamente para dormir unas ocho horas seguidas y arrancar el día siguiente viernes con análisis en ayunas en el policlínico donde se trataba a los invitados. El sábado después del desayuno quedaba liberado hasta la noche el joven traductor, ya que vendría a recogernos el propio Anatoly para pasearnos y dejarnos en el hotel antes de la cena. Le informamos que el domingo nos recogería un diplomático peruano y su esposa. Anatoly indicó que entre el lunes y miércoles nuestras actividades estarían divididas entre consultas y pruebas en el policlínico y visitas turísticas en la ciudad. Y el jueves 10 saldríamos a descansar a un sanatorio en Sochi, ciudad situada a orillas del mar Negro y que conocí en un viaje anterior. Después de unas tres semanas allí, visitaríamos un par de días Odessa y regresaríamos a Moscú para emprender el viaje de regreso.

El sábado a las 11 y media de la mañana, Anatoly nos fue a buscar en su auto, un vehículo pequeño. Nos dirigimos a una feria de artesanos donde nos dio el encuentro su esposa. Nos contó que esa feria era la primera en su género y que cada uno de los artesanos vendía por su cuenta. Mientras caminábamos, vimos el creciente interés la gente que no había visto nunca en su país el “tira y afloja” entre vendedor y comprador. Nuestros anfitriones sí lo conocían porque habían vivido unos años en Portugal, trabajando para una agencia noticiosa. Aunque suene absurdo, el regateo no existía porque los precios se mantenían por décadas, de hecho Anatoly no recordaba que el pasaje en metro hubiese cambiado de monto.

ENCONTRÉ RESPUESTA SOBRE INESPERADA INVITACIÓN

Serían las dos de la tarde cuando llegamos con Anatoly y su esposa a su departamento, ubicado en uno de los cientos de edificios de doce o quince pisos de altura. Una sala comedor que incluía un sofá cama, un dormitorio, baños con lavatorio y ducha, uno, y con inodoro el otro, cocina, un patio pequeño y una terraza también pequeña. Departamento típico para familias típicas compuestas por la pareja y un hijo, que dormía en el sofá cama. Además un recibidor con aditamentos para dejar los abrigos y los zapatos que en determinadas épocas estaban cubiertos de nieve. Apenas llegamos, como si fueran viejas amigas, nuestras esposas se pusieron a preparar el almuerzo, mientras conversaban en español una y en “portuñol” la otra. Después me enteraría que era absolutamente inusual que un funcionario partidario invitara a su casa.

Sentados en la terracita del departamento, hice la pregunta que tenía en mente desde el momento que conocí la invitación: ¿por qué nos invitaste? Me contestó en tono de broma: cuando te despedí para tu regreso a Lima, al verte la cara me di cuenta que estabas al borde de un colapso y decidí que era urgente traerte para que te vieran los médicos. Pero inmediatamente cambió de cara y me dijo: En realidad fuiste tú quien definió la invitación.

Antes que pudiera decir algo, Anatoly continuó. Te embarqué el martes y dos días después despedí a otros delegados. El viernes fue mi último día de trabajo, ya que la segunda quincena de noviembre tenía programadas vacaciones. Dejé todos los papeles en orden. Asigné a otros colegas la despedida de los últimos invitados. Y un par de horas antes de terminar la jornada reparé que tenía algo pendiente desde meses atrás que había dejado para decidir después. Una invitación para un secretario general o sub secretario general, acompañados por esposa, de alguno de los partidos amigos de los países con los cuales trabajo. Normalmente son viajes para el verano europeo, pero ya no era posible, debía concretarse este año. En otras ocasiones hago una evaluación, consultas o sondeos con nuestros diplomáticos. No había tiempo para consultar a nadie que no fuera yo mismo. Lo hice en forma muy subjetiva. Me pregunté: quién de los dirigentes que acabas de frecuentar te hizo sentir mejor. Y recordé que mientras otros reclamaban atención, tú fuiste el único que entendió que yo estaba desbordado y que incluso las varias veces que tuve que disculparme por postergar conversaciones me tranquilizabas diciendo que no me preocupara y que te dejara al final, cuando no tuviera ninguna otra tarea. Recordando todo esto decidí…

Por eso es que digo que fuiste tú, o mejor dicho tu actitud en esos días de celebración, la que determinó la invitación. Mi última acción antes de dejar la oficina y salir de vacaciones, fue indicar que se trasmitiera la invitación para ti y tu esposa a través de nuestra embajada en Lima.

Volví a agradecerle y me quedé pensativo. A raíz del diagnóstico médico de semanas antes algo había leído sobre surmenage pero nunca me imaginé que el trato considerado y las buenas maneras fueran la forma de conseguir el tratamiento para superarlo…

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