Cuando egresamos del colegio en 1958 lo
hicimos agradeciendo el esfuerzo de todos nuestros profesores, pero sin duda
para algunos de ellos nuestra gratitud era mayor. Se trataba de aquellos que no
sólo nos habían enseñado algún curso sino permitido apreciar la vida desde
puntos de vista distintos a la limitada perspectiva de nuestros escasos años.
Uno de los maestros más queridos y respetados que tuvimos en nuestra educación
secundaria fue don Jorge Heraud Cricet, profesor de Historia Universal.
Siempre sonriente, agudo en sus comentarios, bromista, al mismo tiempo que dispuesto a defender una causa que revelaba su comprensión de la situación social de sus alumnos, era en ese año 1958 un hombre atareado y feliz. Atareado porque además de profesor por horas en el colegio, trabajaba como abogado en un estudio que dirigía un hermano suyo y, a partir de la seis o siete de la tarde, como eficiente taquígrafo en la Cámara de Diputados. Feliz porque ya tres de sus seis hijos habían terminado la secundaria y se estaban formando profesionalmente respondiendo con buenas calificaciones al esfuerzo de don Jorge por darles las mejores condiciones de vida posible. Era normal que en épocas de funcionamiento parlamentario –creo que de agosto a diciembre y de abril a mayo- llegara pasada la medianoche a su casa y que tuviera que salir temprano a la mañana siguiente a dictar clases.
Siempre sonriente, agudo en sus comentarios, bromista, al mismo tiempo que dispuesto a defender una causa que revelaba su comprensión de la situación social de sus alumnos, era en ese año 1958 un hombre atareado y feliz. Atareado porque además de profesor por horas en el colegio, trabajaba como abogado en un estudio que dirigía un hermano suyo y, a partir de la seis o siete de la tarde, como eficiente taquígrafo en la Cámara de Diputados. Feliz porque ya tres de sus seis hijos habían terminado la secundaria y se estaban formando profesionalmente respondiendo con buenas calificaciones al esfuerzo de don Jorge por darles las mejores condiciones de vida posible. Era normal que en épocas de funcionamiento parlamentario –creo que de agosto a diciembre y de abril a mayo- llegara pasada la medianoche a su casa y que tuviera que salir temprano a la mañana siguiente a dictar clases.
EL INMENSO DOLOR DE ENTERRAR A UN HIJO
Nada hacía suponer en diciembre de 1958 que en
mayo de 1963 tendría que enterrar en Puerto Maldonado al tercero de sus hijos,
el poeta Javier Heraud, abaleado cuando estaba desarmado y rendido sobre una
canoa en el río cercano a la ciudad. Tampoco que después de esa tragedia nos
daría una clase magistral a través de una carta dirigida al director del diario
“La Prensa” en que luego de manifestar que “…
mi pena, con ser insondable, se ha agrandado más aún al saber que mi
hijo, que había ido allá urgido por un ideal, arrostrando los más graves
peligros con el más absoluto desinterés, había sido víctima de una cacería
inhumana”, sobreponiéndose a su dolor y dejando de lado todo sentimiento
de rencor invocara lo que debe ser el comportamiento del Estado en el futuro: “Las leyes de Guerra prohíben el empleo de
balas explosivas. Ya se ha desterrado definitivamente de las prácticas el
ensañamiento con el vencido. Y las leyes humanas y sociales impiden soliviantar
a los civiles para abrumar al vencido. El Perú, que siempre en la guerra fue
tan generoso como Grau con sus adversarios, habrá de mirar con unánime repulsa
estos graves hechos y es de desear, para que no se abra un sombrío e impune
antecedente de crueldad que podría no cerrarse nunca, se haga cumplir sanción y
justicia al desatado furor fratricida que ha tenido como escenario un claro río
de nuestras montañas y como víctima a un mártir adolescente traspasado de
ideales generosos”
MIS RECUERDOS DE JAVIER HERAUD
Cuando el 16 de mayo los diarios dieron cuenta
de la muerte del poeta yo estaba en la ciudad de Huamanga y la noticia me
impactó porque –además de haber sido alumno de su padre- conocía a Javier a
quien había tratado los años 1959 y 1960 en la Universidad Católica donde nos
conocimos. A poco de haber ingresado a la universidad me lo presentaron e
inmediatamente le dije que había sido alumno de su padre y al preguntarme mi
nombre me dijo que nuestros padres eran amigos y habían compartido la enseñanza
desde el colegio nacional “Ricardo Palma” de Miraflores. Días después me dijo:
“Yo también soy ricardopalmino” y ante mi cara de incredulidad me contó que
desde el año anterior enseñaba inglés en secundaria industrial de la unidad.
Sin duda era el profesor más joven del país… Apreció tanto su paso como docente
por la unidad que a mediados de 1962, cuando vivía en La Habana, en una carta a
su padre le pidió que trasmitiera sus saludos al ingeniero López Jiménez,
director de la sección industrial, y a varios de los profesores.
En 1959 yo estaba en el Partido Demócrata
Cristiano y con algunos de mis camaradas, varios compañeros del Movimiento
Social Progresista e independientes conformábamos un grupo denominado
“reformista” al cual Javier adhería, aunque su prioridad era la poesía, tanto
que en 1960 cuando tenía 18 años se publicó su primer poemario “El Río” y compartió
con César Calvo el Primer Premio en el concurso "El Poeta Joven del
Perú". Muchas veces de aire distraído, Javier tenía un humor fino, sin
duda heredado de su padre, y resultaba siempre animado compartir con él una
taza de café en las inmediaciones de la Plaza Francia. Creo no exagerar al señalar
que nos tratamos varias veces en esos años con mucha cordialidad, pero sería un
exceso decir que éramos amigos ya que nuestro trato se limitaba al ámbito de la
política estudiantil. Supe después que en 1961 se había inscrito en el MSP lo
que me llamó la atención porque yo pensaba que para él la militancia política no
era una prioridad, por lo menos hasta 1960. También me enteraría en los
primeros meses de 1962 que había ido a Cuba a estudiar cine.
Al enterarme de su muerte en un intento de
ingreso clandestino con la finalidad de instaurar una guerrilla, no sólo
recordé las conversaciones con Javier tres y cuatro años antes, sino pensé
también mucho en su padre y el dolor que tendría. Días después me impactó mucho
las palabras de mi profesor en la carta que a la semana de la muerte de Javier
dirigió al diario “La Prensa” parte de la cual he glosado en un párrafo
anterior.
JORGE HERAUD: ORGULLOSO DE SU FAMILIA
Es muy difícil describir el dolor de un padre
que pierde un hijo, incluso no hay palabra para definir ese hecho. Yo no dejaba
de pensar en don Jorge y cómo en sus clases
algunas veces no podía disimular el orgullo que sentía por haber formado
su familia. Alguna vez nos contó que cuando sus dos hijos varones ya sobre los
12 ò 14 años le dijeron “viejo” los retó a correr alrededor de la manzana donde
estaba la casa familiar en un tranquilo barrio de Miraflores. En los primeros
minutos me sacaron casi una vuelta de ventaja porque corrieron a toda
velocidad, pero luego cuando estaban agotados los pasé manteniendo el mismo
paso ligero que utilicé desde la partida, comentaba riéndose.
Heraud no sólo matizaba sus clases con
anécdotas personales recientes sino también de hechos ocurridos en su niñez, en
la segunda década del siglo veinte. Particularmente recordaba a Ricardo Palma
de más de 80 años sentado en una banca en la alameda que ya en los años
cincuenta llevaba el nombre del tradicionista. Nuestro profesor y su hermano eran
un par de niños que pasaban por esa zona camino a su casa, mientras Palma leía
o se dedicaba a curiosear lo poco que pasaba a su alrededor en el entonces
balneario de Miraflores, donde pasó los últimos años de su vida en una casa -hoy
museo- situada a una cuadra de la alameda.
En los años siguientes a su muerte en más de
una ocasión leí noticias sobre Javier, incluyendo la nominación de colegios y pueblos jóvenes con
su nombre. Me parece que el mismo año 1963 se publicó un libro con sus poemas y
varias de sus cartas, incluyendo una escrita el 16 de mayo de 1962 desde La
Habana dirigida a su padre en que le decía: “Yo siento que cada día me parezco más a ti, y que todo lo
que hago es una continuación de lo que tu quisiste hacer y no pudiste”. Recordé
entonces cómo un hombre cumplidor de todas las normas como nuestro profesor,
era capaz de romperlas si las consideraba injustas. Eran sus pequeñas batallas.
Una de ellas era la oposición al impedimento de
la entrada de los alumnos después de la hora, sin hacer ningún tipo de
diferenciación. Había comprobado que algunos de los que no podían entrar llegaban
tarde por demora de los buses que los traían desde zonas lejanas como Atocongo,
Pachacamac o Lurín. No había forma que volvieran a sus casas para regresar en
la tarde. El portón de entrada en la
calle San Felipe se cerraba, salvo para los autos que iban para ser revisados
por los alumnos de la sección industrial. Era entonces esa la ruta de don
Jorge, con su gastado auto hundido casi hasta la pista por el peso de los ocho,
diez o doce alumnos que llevaba. Ante la cara de sorpresa del portero, tranquilamente
le decía sonriente: Tú tienes que comprobar que es un profesor el que maneja no
revisar su equipaje.
EL HUMOR EN LAS CLASES CON DON JORGE
Muchos recuerdos de mi profesor eran por su sentido
de humor. Como cuando al pasar lista inventaba apodos. O cuando contaba
anécdotas de los nuevos ricos que conocía y que compraban libros por metros y
colores para llenar estantes de bibliotecas. O los esfuerzos de herederos por
dejar de lado a otros parientes. En fin, además de las clases mismas, siempre
dedicaba unos cinco minutos para hablar con humor de otras cosas, incluidas
algunas a las que tenía acceso desde su discreto lugar de taquígrafo del
Parlamento. Pero jocosos como resultaban sus comentarios, al mismo tiempo se
cuidaba de mencionar nombres, salvo cuando lo que se decía hablaba bien del protagonista.
El año 1957 se dispuso que los profesores
dictaran sus clases de pie. Se retiraron de los salones los pequeños
escritorios con su respectiva silla y en su lugar colocaron atriles. El primer
día de clase, Heraud después de hacernos sentar –en esa época los alumnos se
paraban apenas entraba el profesor- pidió que le pasaran una carpeta vacía,
porque había faltado el alumno que la usaba. Eran carpetas individuales, con un
brazo que se anchaba dando un espacio suficiente para escribir. El profesor se
sentó y puso sobre el pupitre su cuaderno de control, lo abrió para pasar lista
y luego pasó su hora de clase caminando, escribiendo en la pizarra o sentado en
la carpeta. Al terminar la clase nos dijo que para sus clases siguientes
siempre le pusiéramos una carpeta al frente. Y así se hizo durante meses. Un
día falto Juan Páez, que por ser zurdo tenía una carpeta con el brazo al revés.
Cuando entró Heraud todos nos aguantamos la risa para ver cómo iba a hacer. No
dijo nada se sentó, colocó a su izquierda el cuaderno de control, sacó un
lapicero del saco y comenzó a tomar apuntes… ¡con la mano izquierda! Hasta aquí
las remembranzas de algunos de mis compañeros, pero nadie recuerda la forma que
terminó nuestro frustrado intento de jugarle una broma a nuestro querido
profesor. Sólo yo me acuerdo –o de pronto lo imaginé así hace varias décadas-
que el profesor tomó una tiza en la pizarra y escribió con la mano derecha: ES
IMPORTANTE dejó un espacio y añadió LAS DOS MANOS. Luego volteó sonriente a
nosotros y tomó la tiza con la mano izquierda y escribió en el espacio que
había dejado SABER USAR. Durante muchos años tuve la certeza que esto había
sucedido así, pero la única vez que conversé con su hijo mayor, Jorge, me dijo
que su padre no era ambidextro y me generó la duda...
LOS RECUERDOS DE UN PADRE AMOROSO…
Ya pasados varios años de la muerte del poeta,
en la década del ochenta lo saludé varias veces en la cafetería Manolo’s de la
avenida Larco de Miraflores donde solía reunirse con un grupo de amigos de su
generación aparentemente jubilados todos. Algunas veces intercambiamos algunas
palabras y, aunque el dolor de la pérdida nunca lo dejó, siempre se mostró
orgulloso de su hijo independientemente de las ideas que ambos habían tenido. Premonitoriamente
un año antes de su muerte, en la carta ya mencionada, el poeta le había
escrito: “…Yo sé que tú tienes ideas completamente opuestas a las
mías, pero, ¿va eso a ser obstáculo a nuestro cariño? No, de ninguna manera”. En las
siguientes cuatro décadas don Jorge lo demostró con creces. No se perdía ningún
homenaje que honor de Javier se organizara en algún punto de Lima e incluso
creo que también asistió a algunos en varias otras ciudades.
En una ocasión tuve oportunidad de hablar una
rato con él, no estoy seguro si había llegado temprano a la cita con sus amigos
o había sido el último en dejar la mesa en que conversaba con ellos. El hecho
fue que me paré a saludarlo con un abrazo y lo invité a tomar asiento. No quiso
servirse nada. Conversó un par de minutos y de pronto me dijo: Cuando Javier
cumplió 15 años una vez sentí que podía morir joven...
Ante mi silencio, don Jorge prosiguió. Cuando
habían sesiones que duraran más de las doce de la noche, llegaba a mi casa y me
iba a la cocina donde –sin prender las luces- me servía un té con el termo que
mi esposa dejaba listo. En una oportunidad vi que Javier salía silenciosamente
de la casa prácticamente en pijama. Sospeché lo que podía estar pasando. Me
quedé esperándolo y regresó como una hora después. Cuando entraba, prendí la
luz y se sorprendió al verme sentado en la cocina. Se acercó a saludarme y
esperar quizá alguna reconvención. A esa altura del relato, el profesor me dijo:
Estaba en quinto de media, era un excelente alumno y un mejor hijo ¿qué le
podía decir? Javier, en ese gancho siempre están colgadas las llaves del viejo
auto de la familia, como tú sabes manejar la próxima vez que quieras hacer lo
mismo que hoy es mejor que la lleves un poco lejos del barrio. Y continuó mi
profesor, ante la cara de interrogación que puso ese niño grande más alto que su padre le dije:
No quiero que te pase lo de Javier Prado. Y cambiando de tono, me contó que se decía
que el hermano del entonces presidente Manuel Prado, había muerto más de 30
años antes arrojado desde un balcón por un marido burlado… Allí terminó el
relato de mi viejo profesor. No tuve palabras para ningún comentario. Nos
despedimos con un gran abrazo.
CELEBRAMOS 40 AÑOS DE EGRESADOS CON DON JORGE
Aunque lo había tenido muy presente en 1987
cuando visité Babilonia (Ver crónica “Vergüenza y sorpresas en Iraq” del 20
de abril de 2013), habían pasado algunos
años que no veía a mi querido profesor cuando en octubre de 1998 participamos con
más de 20 compañeros de promoción en las celebraciones de los cincuenta años de
la creación del colegio nacional “Ricardo Palma”. En esa ocasión vistos con los
ojos infantiles de los alumnos de primaria éramos sin duda un grupo de viejos
que marchábamos felices de reencontrarnos. Y seguramente no hacían muchos
distingos de edades entre nosotros. Era evidente que estando todos nosotros
sobre los 55 años y la gran mayoría con canas y varios sin pelo, no se
percataran que había uno que nos superaba largamente en edad ya que estaba a un
mes escaso de cumplir 88. No había forma de que lo distinguieran del resto,
entre otras cosas, porque además de desfilar junto a nosotros, subió ágilmente
al tabladillo instalado en el centro del patio de nuestro colegio donde tantas
veces habíamos salido de nuestras aulas a disfrutar de los recreos cuando
jóvenes. Se trataba justamente de don Jorge Heraud quien gustoso aceptó estar al
lado nuestra promoción en toda la ceremonia.
Ese año además de celebrar el cincuentenario
de la creación del colegio en base al cual se creó en 1950 la gran unidad
escolar “Tomas Marsano” que desde 1957 tomaría el nombre de Ricardo Palma,
nosotros celebrábamos 40 años de haber egresado de esas aulas y en la cena de
celebración prevista nuestro antiguo profesor de Historia Universal era el invitado
de honor. Cuando una comisión fue a invitarlo a esa cena, al averiguar que ese
mismo día participaríamos en el acto central en el colegio ofreció –y cumplió-
acompañarnos.
En la noche de ese mismo aniversario del
colegio, en el chifa del Círculo Militar del Perú, más de treinta ex
alumnos de la Promoción 1958, acompañados la mayoría de sus esposas, asistimos
a la celebración cuyo punto culminante fueron las palabras de Heraud. Aunque
poco recuerdo de sus palabras, sí que se refirió a su época de profesor y al
respeto que tenía por la memoria de su hijo. En ese momento pensé que de vivir
Javier sería menor que la mayoría de los concurrentes. Lo que quedó grabado en mi
memoria es el aplauso de pie de todos los asistentes y el agradecimiento emocionado
levantando los brazos de don Jorge. Los que lo acompañamos de regreso a su mesa
pudimos notar la humedad de sus ojos…
DESCANSO FINAL JUNTO A SU HIJO
Fue la última vez que vi a
mi profesor, posteriormente algunos de mis compañeros lo visitaron algunas veces
en su casa y quisieron contar con su presencia cuando el año 2003 celebramos 45
años de egresados. En esos momentos ya don Jorge no salía a ninguna
celebración. Falleció en abril del 2005, cuando estaba por llegar a los 95 años.
Tres años después su viuda decidió el trasladado de los restos de su hijo
Javier. El primero de mayo de 2008, 45
años después de su muerte sus restos fueron traídos en una caja expresamente preparada desde el cementerio “Los
Pioneros” de Puerto Maldonado, para ponerlos en un ataúd en el cementerio Los Jardines de la
Paz, junto a la tumba de su padre. Simbólico final para la
historia de un padre que resguardó permanentemente la memoria de su hijo
incluso más de 40 años después de su muerte…
Alfredo: Excelente recuerdo de nuestro profesor y educador don Jorge Heraud C, con anécdotas que el tiempo me hizo olvidar y que me las hecho recordar con esta crónica. Además de los recuerdos del gran poeta joven que fue su hijo Javier, a quien también conocimos en el patio de la Facultad de Letras de la PUC. Un abrazo. César.
ResponderBorrarDe haber sido diferente, creo que si. En 1954, siempre en el curso de "Historia Universal", le tocaba vigilar los exámenes en otra materia. Era la de música. No sabíamos nada, a pesar que deseábamos aprender a tocar el piano. Pasó a nuestro lado el querido "Loco" Heraud y se llevó nuestra prueba. No sabíamos qué decir. A la siguiente vuelta nos trajo la prueba ya desarrollada. Era la de nuestro querido amigo músico, tocaba el violín, Alfredo Diez Alemán y ya terminada.
ResponderBorrarRecuerdo que advertía no poner nombres antes de finalizar responder el examen. Eso le permitía hacer estos "favores". Nos diría después a todos que, por culpa de cursos que no todos podían cumplir, porque se necesitaba condiciones especiales, lleváramos notas rojas a casa.
Creo que al recordar este pasaje, Don Jorge Heraud, allá en el cielo, sentirá que no se equivocó. Nosotros, flojos para el estudio, ya fuera del colegio, aprendimos el acordeón y le damos la razón. La música y todo arte, se aprende por vocación y nuestro querido maestro lo sabía.
Felicitaciones a Alfredo Filomeno por tan exquisita reseña y recordarle que me inicié en la primaria con su tía Mercedes, mi mejor maestra, en el colegio del famoso "Chato" Zegarra en Surquillo.
José Carlos.
Hermoso artículo de un gran hombre, maestro y sobre todo padre. Así lo seguimos recordando todos sus hijos. Javier Heraud sigue vivo gracias a su encomiable esfuerzo. Gracias Alfredi Filomeno por esta crónica
ResponderBorrarCecilia Heraud
Julio Lara-Valle, GUERP 1957. Desde la "Ciudad de los Vientos". Aprovecho para felicitarte por esta resenna historica de este buen profesor que tuvimos.
ResponderBorrarPero como jovenes que eramos, muchas veces me pregunte porque este profesor no tenia a sus hijos en nuestra Gran Unidad? La respuesta al menos para mi era obvia, o no queria convivir con sus hijos en esa parte de su vida en el colejio donde era profesor o consideraba que la educacion que se impartia en nuestra gran unidad de acuerdo a su criterio no le satisfacia que sus hijos la tuvieran.
Esto producia en mi sentimientos encontrados. Pero que fue un buen profesor, no cabe duda, un poco burlon que aveces me sacaba de mis casillas, porque consideraba que no era propio de un profesor, quizas pretendia darle un ambiente de jocosidad a su curso a costa de sus propios alumnos.
He aqui el encontron que tuve con este gran profesor, estaba en tercero de media. cuando el perofesor Heraud entraba a nuestra aula, mi gran amigo Jose Larrea sesentaba detras de mi y terminabamos la conversacion que teniamos y nos parabamos pa receibir al profesor costumbre de ese entonces. Tal parece que al profesor Heraud le parecio que mi gesto no era apropiado, y me pregunto que edad tenia le contestaba que tenia 15 annos a lo que respondio con gran ironia "sabes tu que Napoleon a los 15 annos era ya un general del ejercito?" Yo sin titubear le conteste: si profesor y Ud que era a los 15 annos? Me dijo que saliera de la clase muy molesto, lo cual hice y tendria que traer a mi padre ante la subdireccion al dia siguienete porque la amonestacion iba a ser muy fuerte.
Al dia siguienete fui con mi padre ante el Dr, Del Rosario y el Profesor Heraud el que pedia un castigo por mi insolencia. Cuando me toco hablar dije lo que ya he enunciado mas arriba. Me dijeron que saliera, se quedaron con mi padre. Cuando me instruyeron que regrese a la oficina del Dr. Del Rosario, estaba con mi padre ya el profesor Heraud ya no se encontraba. El Dr. Del Rosario me dijo que fuera mas respetuoso con un profesor y que si habia alguna queja de mi parte en el futuro fuera a su oficina a reportar mi queja. Continuo mandandome de regreso a mis clases, pero no hubo ningun castigo para mi. Desde ese momento el profesor Heraud nunca ya lo vi en mis clases con esa socarroneria que nos tenia acostumbrado.
Cuando converse con mi padre es tarde en mi casa, me abrazaba y me decia que fuera siempre asi, que nunca me dejara vapulear por nadie y que conteste siempre en la forma que lo habia hecho. El Dr. Del Rosario lo habia felicitado a mi padre por la educacion que me estaban impartiendo en casa.
Yo siempre manifiesto, "supe escoger muy bien a mis padres al venir a este mundo"
Alfredo, el homenaje al padre de Javier Heraud, es un episodio de gran significado para tus recuerdos en estas crónicas, por que encierra en si mismo el homenaje al poeta revolucionario que murio "entre pajaros y arboles" y cuya sangre mesclada en su "rio" sigue discurriendo, junto a sus ideas, por las aguas del mundo. Oscar Galdos V.
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