viernes, 23 de mayo de 2014

CAFETERÍAS Y FONDAS DE MIS PRIMEROS AÑOS (1949/58)


He tratado de recordar las primeras ocasiones en que concurrí a alguna cafetería y creo que se trató de “Las Camelias”, una cafetería que estaba situada frente a la iglesia de Santo Domingo en la plazuela entre los jirones Camaná y Callao –hoy Conde de Superunda- aproximadamente por el año 1949.
Seguramente tenía o estaba por cumplir 7 años y me sentí muy orgulloso de sentarme en una mesa en una terraza en las afueras del negocio, con una especie de biombos de madera y vidrio que la rodeaban y un toldo que la cubría. Estoy seguro que sólo estaba con mi padre y que me comí un pan con jamón del país, aunque no tengo ni idea de qué fue lo que tomé.
LAS CAMELIAS: PRIMERA CAFETERÍA EN MIS RECUERDOS
Siendo el mayor de los hijos –y el único varón ese momento y también después ya al año siguiente se produjo el nacimiento de mi tercera y última hermana- algunas veces acompañaba a mi padre cuando tenía que ir al colegio Santo Tomás de Aquino donde era o había sido profesor por horas, para conversar con el director, un sacerdote dominico apellidado Sturla. En una de ellas, seguramente a las cuatro o cinco de la tarde, me llevó a “Las Camelias” donde también pidió para él pan con jamón del país y seguramente un café bien cargado.
Varias veces visité con mi padre esa cafetería, hasta cuando se mudó un par de cuadras al sótano o semisótano de un moderno edificio de cuatro o cinco pisos ubicado entre los jirones Camaná e Ica, que quedaba en la esquina diagonal a donde se encuentra la iglesia de San Agustín.  Este local perdió el encanto de la vista a la calle, a pesar que conservó la calidad. Tengo aún grabado en la memoria las grandes jarras de latón con leche, agua y café calientes, que se mantenían a la temperatura insertados en un aparato con agua hirviendo. Los mozos se acercaban a la mesa y echaban el café y, según el pedido, agua o leche, mientras yo no dejaba de preocuparme que alguno de los líquidos salpicara y terminara por quemarme. Preocupación absolutamente infantil y que por cierto nunca ocurrió.
Ya cuando estudiaba en la gran unidad escolar “Tomás Marsano”, como mi padre era profesor y el ómnibus del colegio trasladaba a los docentes hasta la Plaza de la Inquisición –que años después se denominaría Bolívar- algunas veces caminábamos por el jirón Junín y en la cuadra anterior a llegar a la Plaza de Armas hoy Plaza Mayor- entrabamos a “Ponce” una bodega de venta de embutidos de todos los tipos, que en la trastienda tenía una cafetería que a partir de las 6 y 30 o siete de la noche se convertía en bar. Alguna vez, particularmente si era día de paga, acompañaba a mi padre compraba embutidos que llevábamos a casa. Pero una o dos veces al mes, acompañados de dos o tres profesores jóvenes, pasábamos a la trastienda donde conversaban mientras tomaban café o cerveza, mientras yo brindaba con alguna gaseosa (Ver crónica "Carlos Landauro: genio y figura" del 1º de noviembre de 2012). Lo que recuerdo que me gustaba mucho en ese sitio era el pan con queso mantecoso.
COMIDAS Y BEBIDAS AL PASO EN MI NIÑEZ
Por cierto que en los años de mi niñez no sólo concurrí acompañando a comer un pan o beber algo. En los primeros años de los 50 las visitas a mi padrino, el médico Bernardo Regal, cuyo consultorio quedaba a la actual avenida Emancipación antes que se ensanchara y cuando aun se conocía como jirón Arequipa, luego de una conversación de unos diez o quince minutos culminaban siempre  con una propina. Al salir del zaguán de la casona donde quedaba el consultorio, invariablemente terminaba en “Carbone” en el jirón Huancavelica en la esquina opuesta a la que hoy ocupa. Ya entonces –hace 60 años- se servían generosos y riquísimos panes con jamón y aunque nunca los comí panes con pejerrey. No había mesas y uno pedía y comía en el amplio espacio anterior al mostrador y luego de terminar se acercaba a la caja para pagar donde, más de una vez, vi que alguien que había consumido tres panes pagaba dos. Esto último pensé hacerlo también yo, pero nunca me decidí…
Pero así como a los nueve o diez años comía al paso, también algunas veces aplacaba la sed a poco de llegar a mi casa, a pocos metros antes de comenzar a cruzar el Puente de Piedra –hoy Puente Trujillo- donde quedaba un pequeño y muy surtido negocio llamado “El palacio de las golosinas” de unos hermanos cajamarquinos, donde lo que más recuerdo son los enormes recipientes de vidrio de donde con cucharones de fierro enlozado se extraía la naranjada para servirlos en vasos que costaban 50 centavos. Muy pocas veces también comía algo, porque a esa edad –y en varias otras- pocas veces tenía dinero. De todas formas las vitrinas de este negocio que siempre estaba repleto de clientes mostraban pasteles de acelga y empanadas de varios tipos, que era lo que más se consumía ya que siempre vi que quienes consumían dulces eran los menos.
En mis recuerdos de esos años no sólo hay cafeterías. También hay vendedores ambulantes. A los 11 y 12 años, algunos domingos después de ir a misa justamente a Santo Domingo con mis tres hermanas cruzaba al Rímac unos trescientos metros más adelante por un puente de madera y de apariencia no muy sólido En esas ocasiones nuestra piqueo consistía en habas sancochadas y en choncholíes que vendían en un par de carretillas (Ver crónica “El puente de palo” del 1º de noviembre de 2012).
LOS ADOLECENTES BUSCAN CANTIDAD ANTES QUE CALIDAD
Dejando ya la niñez, cuando estaba alrededor de los quince años, en los años 1957 y 1958, administraba los diez soles semanales que mi padre me daba para cubrir gastos en modestísimas fondas que había cerca de mi casa, cuando sentía más hambre del habitual. Una de ellas en una callecita que corría desde el mercado del Baratillo hasta la mitad de la segunda cuadra del jirón Trujillo, que en realidad resultaba la primera ya que no había ninguna cuadra antes de llegar al puente. La fonda que creo se llamada “Estrella del sur” sólo vendía tres o cuatro tipos de plato. No era por calidad  sino por cantidad que gastaba unos 3 soles en un lomo saltado que se preparaba en una gigantesca sartén que uno podía ver sobre una cocina de carbón. En las ocho o diez mesas de mármol rodeada de toscas sillas de madera uno veía a comensales que eran vendedores o cargadores de bultos del mercado vecino, si se trataba del almuerzo, o modestísimos obreros camino a sus casas si era de noche.
Pero era cuando regresaba en tranvía agotado de jugar fulbito los sábados en el Parque Central de Barranco, me seguía dos cuadras después de mi paradero, me bajaba y me dirigía a otra fonda, con una gran trastienda donde se vendía cerveza que quedaba a menos de un par de cuadras de mi casa. Allí por dos soles comía un enorme planto de frijoles con arroz con sarsa de cebolla encima. Era posible complementar ese plato con una presa de seco que costaba dos soles más, pero sólo un par de veces pude ahorrar cuatro soles en la semana.
Así como en mi niñez y hasta los 15 o 16 años encontré siempre donde comer barato, hubo también otros muchos sitios a los que concurrí en mi juventud, pero de ellos hablaré en alguna otra crónica.

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