viernes, 23 de agosto de 2013

VARADO EN ROMA (1989)

En julio de 1989 fui invitado por el Partido Bath de Iraq para participar de la ceremonia por los 40 días de la muerte de Michel Aflaq. Me llamaron desde la embajada de ese país en Venezuela, indicándome que me pondrían un pasaje Lima-Roma-Bagdad y que la visa la recogiera en las oficinas del consulado en Roma, considerando que tendría nueve horas de tránsito: llegaría a las 10 de la mañana y las oficinas atendían hasta las 4 de la tarde. Dicho así sonaba como trámite simple…

Sólo habían pasado veintidós meses desde que había estado en Bagdad, en setiembre de 1987, cuando estaban en plena guerra con Irán (ver crónica "Volando hacia la guerra Iraq-Irán” del 16 de febrero de 2013). Esta vez iría a un país que estaba en paz, aunque no tenía yo por que saber que esa paz no duraría sino sólo un año más, ya que el 2 de agosto de 1990 Iraq invadiría Kuwait y cinco meses después fuerzas de una coalición de 34 países  liderada por los Estados Unidos, iniciarían la Guerra del Golfo  invadiendo Iraq, con  autorización de las Naciones Unidas y venciéndolo en poco más de un mes.

Pero regresemos a mediados de 1989. El 23 de junio había fallecido en París Michel Aflaq. Se trataba de uno fundadores del movimiento Bath en la década del cuarenta y uno de los ideólogos de esta corriente que combinaba el nacionalismo panárabe, el no alineamiento, la defensa de la cultura árabe, dentro de una posición laicista que evitaba introducir factores religiosos en la política. Aflaq era sirio y cristiano y había ocupado cargos políticos en su país, incluso cuando éste formó parte junto con Egipto de la efímera República Árabe Unida. Por problemas ideológicos internos, Aflaq resultó  marginado y hasta perseguido por el Partido Bath de su país y terminó asilado en Iraq donde el Partido Bath -que había roto con su partido hermano de Siria- lo acogió como ideólogo del movimiento. Su cuerpo fue trasladado a Bagdad para ser enterrado.

UN VIAJE SIN BUENOS AUGURIOS

El 21 o 22 de julio me llamaron de Alitalia para recoger un pasaje Lima- Roma- Bagdad. El 26 sentí que el viaje no comenzaba con buenos augurios. No sólo porque había llegado al aeropuerto tan agotado como siempre, después de haber dejado arreglados cuestiones hogareñas, asuntos orgánicos y políticos partidarios y pendientes laborales. Sino porque luego de embarcar mi equipaje hasta Bagdad, cuando me estaba retirando del mostrador me llamaron para decirme que sólo podrían poner Roma como punto de desembarque de la maleta ya que no tenía visa para Iraq.

Como en esos momentos me acompañaba a Lucho Flores, compañero del partido que trabajaba como controlador aéreo, le pedí, que llamara a mi esposa y le contara el inconveniente para que ella se comunicara en mi nombre con el funcionario de la embajada iraquí en Caracas y que éste alertara al consulado en Roma de la urgencia de mi visa.

El avión partió a las 11 de la mañana. Unos 40 minutos después, escuché mi nombre en los parlantes pidiendo que me acercara a la cabina de mando. Era un avión en cuya parte delantera había dos pisos. Subí y al final de la escalera me esperaba una aeromoza que me guió, cruzando la cabina de primera, hacia un teléfono que se encontraba inmediatamente después de la puerta de ingreso a la cabina donde se encontraba la tripulación. “Lo llaman…” me dijo y me entregó el auricular donde escuché a Lucho Flores comunicarme que desde Venezuela le habían asegurado a mi esposa que funcionarios del consulado en Roma irían a esperarme al aeropuerto.

Volví tranquilo a mi asiento, leí un poco, almorcé y dormité hasta la escala en Caracas. Luego traté de descansar lo más que pude en el largo tramo hasta Milán y desperezarme en el vuelo entre esta ciudad y Roma. Otro mal augurio me esperaba al desembarcar. Como ya en varios aeropuertos en esa época había una señal roja para aquellos que tenían algo que declarar en aduanas y una señal verde para los que no tenían que declarar. Por cierto que escogí este segundo sendero al final del cual se mostraba el pasaporte cerrado y se seguía hacia fuera. Pero los de pasaportes verdes con la inscripción “República Peruana” eran separados y enviados a un cuarto para que sus equipajes y las prendas que vestían fueran minuciosamente revisados.

Unas tres docenas de peruanos fuimos revisados, con mirada atenta por “carabinieri”, dispuestos a encontrar armas o artefactos explosivos o paquetes de drogas. El Perú ya ocupaba la primera plana de la prensa en todo el mundo por los demenciales atentados de Sendero Luminoso y eran crecientes las noticias sobre el incremento del narcotráfico desde nuestro país. Casi una hora perdí en la revisión y cuando por fin salí no había nadie esperándome. Di algunas vueltas por los alrededores, ubiqué las oficinas de Iraqí Airways y encontré un funcionario que hablaba italiano y algo entendía de español. Constaté que no había pasado nadie del consulado, ni tampoco les habían solicitado que los ayudaran en ubicarme, como otras veces habían pedido funcionarios de la embajada.

AUSENCIA DEL CÓNSUL ME COSTÓ CUATRO DÍAS

Busque la zona para dejar mi maleta por unas horas y con el maletín de mano me dirigí en un vehículo de Alitalia al hotel que la empresa ofrecía a sus pasajeros en tránsito en la localidad cercana de Ostia. Ducha rápida y partida a la estación del tren que me llevaría a Roma en una media hora. Llegué a Termini,  la principal estación ferroviaria de Roma y adonde también había estación del metro. Era enorme y aun no se terminaban de realizar las reformas y mejoras para el Mundial de Futbol de 1990. De allí un taxi al consulado, ubicado en el mismo local de la embajada. Cuando a las 2:10 de la tarde ingresé a las oficinas con aire acondicionado, que contrastaba los cerca de 30 grados que había en el exterior, expliqué quién era y una amable secretaria italiana me indicó que me estaban esperando, me ofreció un vaso con agua helada y me indicó que el cónsul había ido a una recepción y que llegaría en unos minutos. Después de casi 24 horas respiré por fin tranquilo sentado en la sala de espera.

Poco me duró la tranquilidad. Sentí que un auto se estacionaba en las afueras de la oficina y miré discretamente el vehículo de donde debería salir quien me entregaría la visa. Sin embargo sólo vi bajar al chofer que ingresó y pasó rápidamente a una oficina donde escuché una exclamación femenina primero y luego una conversación entre exaltada y preocupada entre secretaria y chofer.

Minutos después una azorada secretaria trataba de explicarme que el cónsul se había sentido indispuesto y no regresaría y le encargaba decirme que lo buscara al día siguiente a las 9 de la mañana. Le expliqué que tenía un vuelo a Bagdad 5 horas después y ella me hizo notar que nada podía hacer, pero al mismo tiempo me explicó que seguramente el cónsul buscaría una solución para que viajara al día siguiente. Luego me ofreció que el auto me dejara en la estación del tren para regresar al hotel.

Llegué al hotel que tenía que desocupar, me di otro rápido duchazo y me dirigí en camioneta de Alitalia al cercano aeropuerto. Allí busqué un teléfono público e hice una llamada por cobrar al funcionario en Caracas para que tratara de arreglar mi salida de Roma al día siguiente.

Recuperé por unos minutos mi maleta, saqué alguna ropa y deje otra, y me dirigí hacia una cafetería para tomar un café y agua mineral. Al salir reparé que estaba cerca de las oficinas de la línea iraquí y me encontré con la persona con la que había hablado en la mañana. Le conté mis problemas y le pregunté cuándo era el siguiente vuelo de ellos. El sábado me contestó, pero estoy seguro que el cónsul le buscará un vuelo para salir mañana o pasado me dijo.

PASAPORTE PERUANO NO AYUDABA

Regresé una vez más a Termini. En una calle cercana ubiqué varias antiguas casonas de 6 o 7 pisos en la mayoría de los cuales se encontraban oficinas de turismo, talleres de reparaciones de maletas o maletines y a partir del cuarto o quinto piso, un par de hostales por piso. Seguramente de los más baratos de la ciudad. Entre a una de las casonas e ingresé al primer hostal que encontré. La habitación costaba unas 25,000 liras por noche -unos 21 dólares- sin baño propio por supuesto. Supuse que todos los otros tendrían precios parecidos. Una pizarrita indicaba que había habitaciones libres. Le dirigí unas cuantas palabras en español al dependiente e hice señas para registrarme. Mostré mi pasaporte, el muchacho miró atentamente que era del Perú y me dijo “Mi dispiace, non ci sono camere…”, mientras borraba la pizarrita. Salí, atravesé el pasillo, entré a un hotelito similar y similar fue también el comportamiento del encargado, sin cartelito que borrar, pero si con exclamación clara: “Peruviana non lo fa…”.

En el siguiente piso, no esperé recibir igual tratamiento. Ingresé, no dije ni una sola palabra, leí que costaba 30 mil liras,  saqué el dinero, pagué, mientras fingía esfuerzos para entender lo que decía el talón de registro. Cuando me dio el recibo, me pidió mi “Passaporto” y algo quiso decir al ver que era peruano. Le mostré sonriendo mi recibo y miré las tres o cuatro llaves sobre el mostrador. Sonriendo agarró una llave y me guió a la habitación. Deposité mi maletín sin abrirlo y salí rápidamente a un restaurante cercano para mi primera comida en la capital italiana: un pedazo de pollo con papas doradas. Comí rápidamente para regresar pronto al hotel por tres razones: estaba a punto de dormirme, necesitaba levantarme temprano porque no sabría cuánto tiempo de espera necesitaba para el baño común y eran cerca de las 11 de la noche  y no estaba en el barrio romano más seguro.

A las 8 de la mañana abandoné el hotel y tomé un café en un sitio cercano. Entré a la embajada a las 9, la secretaria me pidió el pasaporte y unos minutos después me lo devolvió con la visa. El cónsul apareció entre tenso y sonriente unos minutos para indicarme en un mal italiano -que resultó más comprensible para mí- que me llevarían al aeropuerto y que coordinarían desde las oficinas de Iraqí Airways la continuación del vuelo a Bagdad. Rápidamente se despidió deseándome un buen viaje. Veinte minutos después de mi llegada salí en el auto del cónsul.

DEAMBULANDO EN EL AEROPUERTO ROMANO

Me pasé nueve horas en el aeropuerto. Dejé el maletín que llevaba al hombro en las oficinas de la línea iraquí y me dediqué a deambular más que caminar por el aeropuerto, regresando cada cierto tiempo para saber de novedades. En algunos momentos se me decía que saldría vía Amman, en otro momento que viajaría con cambio de avión en Atenas. Mientras tanto busqué contactarme sin éxito con algún conocido italiano y con Gabriela Fernández, joven peruana que estaba realizando algún postgrado en Roma, a quien había conocido en algunas actividades del PSR y era hija de Carlos Fernández Sessarego, brillante intelectual y abogado a quien había tratado en la Democracia Cristiana, particularmente cuando ejerció el ministerio de Justicia en 1965. Considerando la diferencia horaria, en la tarde hablé hasta dos veces con Caracas para que apuraran las gestiones para la continuación de mi viaje.

A las seis de la tarde, el único funcionario con quien podía hablar en Iraqí Airways, me dijo que ya no había posibilidades ese día. Además que desde el consulado le habían avisado que estaba en camino el auto para recogerme. Seguramente lo llevarán a un hotel y lo invitarán a comer, me aseguró sonriente el amable iraquí. Se equivocó totalmente. El chofer me llevó a la oficina del consulado donde sólo había una persona, aparentemente de seguridad, quien por señas me indicó que debíamos esperar. Y la espera duró desde las 7 hasta pasadas las 9 y 30 de la noche, en que hubo una llamada telefónica, luego de la cual me indicó que lo acompañara. Ya había llegado otro hombre de seguridad como a las 8 de la noche, que seguramente haría guardia nocturna.  Salimos con el auto y nos dirigimos a un departamento en un barrio cercano. Tendría unos tres dormitorios y todo indica que era para el personal de seguridad y choferes. Sacaron de la refrigeradora distintos tipos de quesos y galletas, así como una botella grande de gaseosa y comimos, luego de lo cual me mostró un dormitorio y me indicó que al día siguiente teníamos que salir antes de las 8. Toda la comunicación se había desarrollado por señas.

Al día siguiente me duché y afeité temprano, tomé un café y salí con el chofer y el hombre de seguridad del consulado. Cuando llegó la secretaria italiana, cerca de las 9 de la mañana, pude escuchar algo que no fuera árabe después de 14 horas. Esa mañana no vi al cónsul, toda la conversación fue a través de la italiana que me indicó que me llevarían al aeropuerto para intentar embarcarme.

Ese viernes fue más o menos igual que el día anterior. Logré conversar con Gabriela y le conté mis peripecias. Me dijo que si no lograba viajar ese día podía ir a dormir al departamento que compartía con dos amigas latinoamericanas. Se lo agradecí y le aseguré que si no viajaba aceptaría su ofrecimiento. A las 2 y 30 de la tarde pedí por sexta o sétima vez una llamada para ser pagada por el destinatario y le plantee al funcionario iraquí en Caracas que la situación era ya inaguantable. Creo que es momento de pensar más bien en regresar a Lima, porque no creo que logren embarcarme para estar mañana en los actos centrales a los cuales estoy invitado, les dije. Una vez más recibí disculpas y la seguridad que me esperaban en Bagdad de todas maneras, donde además estaban muy fastidiados con la ineficiencia de sus funcionarios en Italia.

FELIZMENTE ACOGIDO POR PAISANOS

Hacia las cinco de la tarde, el funcionario de la línea aérea iraquí me informó que acababan de recibir órdenes de extenderme pasaje para que viajara en la tarde del día siguiente y que un par de horas después irían a recogerme al igual que el día anterior. Le agradecí y me dirigí a un teléfono para hablar con Gabriela y pude coordinar con ella para encontrarnos a las siete de la noche. Volví a las oficinas de la línea aérea y dejé dicho que regresaría al día siguiente para embarcarme.

Comí con Gabriela y sus amigas una sabrosa comida casera, después de 48 horas de mi última comida decente. En el aeropuerto el poco dinero que tenía sólo me alcanzaba para café o alguna agua mineral. Poco después salí con Gabriela y un amigo argentino a caminar e instalarnos en alguna cafetería para brindar con cerveza por nuestro aniversario patrio.

Sentado despreocupadamente en la calida noche romana, escuché de pronto mi nombre. Voltee y me encontré con Toribio Matos, antiguo amigo que por esos años residía en Roma. Estaba acompañando a Max Hernández que asistía a un congreso de psiquiatría y acababan de acompañar hasta su hotel a mi gran amigo también psiquiatra Alberto Péndola y a Meche su esposa.

Conversé brevemente de mis dificultades y me dio su teléfono por si al día siguiente tuviera algún otro problema. Toribio, militante comunista por muchos años, había organizado una empresa de traducciones, contando con que hablaba por lo menos tres idiomas: español, ruso e italiano y en esos meses, previos al Mundial de Fútbol tenía bastante trabajo. Con él habíamos coincidido en varias campañas de Izquierda Unida, pero sobre todo nos conocíamos desde muy jóvenes, ya que éramos ex alumnos del mismo colegio: de la promoción 1955 él, de la 1958 yo.

Al día siguiente después de desayuno en el departamento de Gabriela y una conversación con un amigo italiano, partí una vez más al aeropuerto después de agradecer el hospedaje a mi joven amiga. A mediodía estaba chequeando mi pasaje para el vuelo que debería salir a las dos de la tarde aproximadamente. Minutos después informaron que el vuelo tendría un retraso de unas 4 horas.

Yo había llegado a Roma con 160 dólares y ya había gastado 100, entre el hotel, los viajes de ida y vuelta al aeropuerto de 4 dólares cada uno, una comida sobria, un par de cervezas por fiestas patrias, los taxis al consulado y cafés y varias botellas de agua mineral. No quería gastar más porque no sabía lo que me esperaba en Bagdad. Decidí llamar  a Toribio, estaba muy ocupado pero me envío a uno de sus colaboradores de apellido Cornejo que llegó una hora más tarde. El objetivo encomendado por mi amigo Toribio a Cornejo  era que me llevara a una localidad cercana para almorzar y lograr que esas últimas horas en aeropuerto no fueran tan aburridas y solitarias. La misión de Cornejo fue cumplida a cabalidad.

Me quedaba aun un motivo de fastidio. Después de cruzar la puerta de embarque había que cambiar 20 dólares. No era ninguna tasa sino un cambio que obligaba a gastar las liras –que no te servirían en otro país-  en las tiendas sin impuestos del aeropuerto. Compré un par de platos para mi colección y un cartón de cigarrillos porque estaba a punto de terminar con mi reserva, ya que en cuatro días había fumado casi el doble de lo habitual para mí.

Seis horas después el avión estaba aterrizando en Bagdad, previa escala en Estambul. Yo no me imaginaba aun las peripecias que me esperaban en su aeropuerto, pero eso merece relatarse en otra crónica.

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