El 10 de setiembre
de 1970 a las 6 de la tarde, finalizada la reunión del Comité Mundial de la
Unión de Jóvenes Demócratas Cristianos, UIJDC, salí de Roma. Durante los
noventa minutos de vuelo hasta Bruselas no dejaba de especular cómo cambiaría
mi vida si se convertía en realidad la propuesta hecha por el secretario
general de UIJDC, el ecuatoriano Juan Pablo Moncagatta, para que lo
reemplazara. Tendría que radicar en Roma por los siguientes tres o cuatro años,
coordinando actividades con las juventudes DC de Europa y América Latina. No
era seguro por cierto. Tenía que esperar que hubiese consenso en una consulta
que se haría en los siguientes meses. Probablemente se presentarán dificultades,
pensaba. Pero no hubiera podido imaginar cuál sería el motivo que haría
inviable la propuesta.