Tenía 16 años y
medio, no estoy seguro si ya llegaba a los 55 kilos, superaba ajustadamente el
metro sesenta y mi escaso bozo no requería ser afeitado muy seguido. Cuando
César Carmelino, amigo y compañero de colegio, dijo: “Viene a inscribirse” las
pocas personas que a esa hora se encontraban en la sala desde donde se
ingresaba a una oficina administrativa voltearon y me miraron extrañados por mi
apariencia de colegial. Era el lunes 23 de febrero de 1959, calculo que a las
seis de la tarde, y acababa de subir por primera vez las escaleras del local
del Partido Demócrata Cristiano, ubicado en la avenida Guzmán Blanco 168 a
menos de cien metros de la Plaza Bolognesi.