Era la Nochebuena. Acostumbrados a cenar en familia a las 11 de la noche
del 24 de diciembre, siempre nos había parecido exótico la exhibición de
adornos navideños con nieve, no sólo porque en esos días se iniciaba el verano
en Lima y el Callao, sino porque en nuestras ciudades nunca ha nevado y la
temperatura más baja que recuerdo ha sido 12 grados Celsius, claro que con
bastante humedad. Sin embargo esa noche de 1987, por primera vez en nuestras
vidas, Ana María y yo recibíamos la Navidad mirando nieve a través de las
ventanas de nuestro dormitorio.